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Juan Martínez de Arrona

Escultor vasco nacido hacia 1562 (aparece en los documentos que en 1612 declaraba tener cincuenta años aproximadamente). Harth-Terré lo cree a veces nacido en Bergara (Gipuzkoa) y otras en Arrona (Gipuzkoa).

Nada se sabe de los primeros años de su vida y profesión. Se lo localiza por primera vez en el nuevo mundo, en Lima, en el año de 1591 como tratante de vinos. En 1599 aparece como artista escultor efectuando un San Lorenzo para la cofradía de los herreros y caldereros del convento de la Merced. Harth- Terré lo ubica en Cuzco a comienzos del XVII. El 12 de noviembre de 1603, en compañía de Martín Alonso de Mesa y Martín de Oviedo, los tres como escultores, firman un poder con Antonio de Neyra ante la Real Audiencia, para que les represente en todas sus causas, tanto civiles como criminales.

Fue maestro mayor de la catedral al menos desde 1610. El trece de febrero de 1612 fue uno de los hijosdalgos vascos que se presentaron ante notario, otorgando un poder al contador Juan de Cortabarría, para que adquiriera una capilla en la iglesia de San Francisco de Lima donde se fundaría la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu.

Fallece el 8 de enero de 1635. Debió de contar con un amplio taller tanto de arquitectura como de escultura pero solo se conserva una obra escultórica documentada suya, la cajonería de la sacristía catedralicia en la Ciudad de los Reyes.

Bibliografía

RAMOS SOSA, Rafael. "Martínez de Arrona, Juan ( c.1562-1635)". VVAA. “Euskal Herria y el Nuevo Mundo”. Vitoria: UPV-EHU, 1996.

CENTRO VASCO COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU Euzko Etxea Lima 1612 2012

CENTRO VASCO COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU Euzko Etxea Lima 1612 2012
COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE ARANZAZU 1612 2012

CENTRO VASCO COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU Euzko Etxea Lima 1612 2012

CENTRO VASCO COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU Euzko Etxea Lima 1612 2012
COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU 1612 2012

Entradas populares

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América y las euskaletxeak

* Traducción al español del original en euskera

Francisco Igartua

Aunque haya muchísima gente en el mundo que ignore la identidad vasca y no falten hasta vascos que estimen folklóricas las diferencias de este pueblo con otros, la identidad euskaldun es una realidad que viene de muy lejos y ha persistido a través de los muchos siglos que nos separan de la época en que las tribus de Euskalherria resolvían sus problemas bajo un árbol y fueron constituyendo el reino de Navarra. Identidad que más tarde se consolidó en Fueros e hizo que los vascos establecidos en los puertos españoles de salida a América fueran calificadas por Carlos V y Felipe II de gente con "talante y costumbres diferentes". Y ya en América, son los "vizcaínos" los que siguen a Almagro para la conquista de Chile...

Esta diferenciación, que afirma la identidad vasca, da vida en 1612 a la primera Euskaletxea americana. El hecho ocurre en el convento de San Francisco, en Lima, Perú, y muy pronto es calcado en ciudad de México. A fines del siglo, esa reafirmación de identidad de los vascos afincados en América se había extendido por todo el continente; siempre como cofradías "de Nuestra Señora de Aranzazu".

Para demostrar la intención nacionalista de esas primeras Euskaletxeak, basta con leer uno de los muchos documentos de aquellas épocas, casi todos idénticos. En él, lo mismo que en los de México y Santiago, se dice: "Por cuanto en la Congregación y Hermandad que tienen fundada los caballeros hijos-dalgo que residen en esta ciudad de los Reyes de Perú (Lima), naturales del Señorío de Vizcaya y Provincia de Quipuzcoa y descendientes de ellos , y naturales de la Provincia de Álava, Reino de Navarra y de las cuatro villas de la costa de la Montaña (como se ve, queda claramente demarcado el territorio)... se requiere actualizar las ordenanzas de 1612, que fue cuando se dio principio a la Ilustre Hermandad Vascongada de Nuestra Señora de Aranzazu, para unirse y confederarse todas las personas de los lugares arriba citados... a fin de ejercitar entre sí y con los de su nación obras de misericordia y caridad... y están a continuación los nombres y apellidos de todos los hermanos con el paraje de donde son (65 de Guipúzcoa, 49 del Señorío, 9 de navarra, 7 de Álava y 5 de las Cuatro Villas)."

Se trata de ordenanzas que, en algunos asuntos, llegan a extremos tan severos que hoy producirían espanto por su racismo, pero que abonan la tesis de la diferenciación vasca y se pueden ver con indulgencia si nos situamos en la mentalidad de la época en que ellas fueron elaboradas.

Después de establecer "ante todas cosas" que la nobleza y limpieza de sangre ayuda mucho a la virtud y que las buenas obras son producto del ser hijos y descendientes de buenos, " se ordena para mayor decoro de esta Congregación que todos los que hubieren de ser recibidos en ella sean originarios de las partes y lugares suso referidos o sus descendientes"..."para lo cual se advierte que no se admitan, ni entierren en su capilla persona alguna que esté manchada de judío, moro, penitenciado para el Santo Oficio, ni casado con mulata, india o negra, o que tenga algún oficio infame"...Termina esta segunda ordenanza señalando cómo deben hacerse "el examen y las averiguaciones" con sumo secreto, verbalmente y no por escrito. Sólo cuando la diligencia hubiese terminado es que será escrita y consignada en el libro de la Hermandad.

Pero no sólo de racismo están teñidas estas ordenanzas, también lo están de la igualdad que desde los tiempos ha caracterizado a los vascos. Luego, pues, de ordenar que en la capilla y bóvedas de ella tengan entierro los hermanos y las viudas de ellos-"siempre que no se hubieren casado con personas ajenas a la hermandad"- se extiende ese derecho a todos los hijos, legítimos o naturales, de los caballeros que son o hubieran sido de la Cofradía, aunque "advirtiendo que los hijos naturales no tengan raza indigna"...Más todavía. La quinta ordenanza quiere que haya igualdad en todos los hermanos "porque ésta es madre de la paz", y dispone: "a ningún hermano ni hermana de cualquier condición, oficio o calidad que sea se le dé ni se le pueda dar asiento, ni entierro particular en dicha capilla, y esto ha de ser de tal manera indispensable que los mayordomos y diputados ni los Cabildos y juntas generales no puedan dispensar en esto". O sea, dentro del más ortodoxo igualitarismo, esas primitivas Euskaletxeak no admitían privilegio alguno fuere cual fuere el caso. Alzaban con toda claridad un lema que nunca debiera ser olvidado: todos los vascos somos iguales.

Muchos más ejemplos del particularismo vasco, de la identidad euskaldun, se pueden extraer de la lectura de estos ajados documentos americanos, pero el espacio, tirano del periodismo, me obliga a concluir y lo hago con un reclamo cara al futuro. Identidad significa afirmación de lo propio y no agresión a la otredad, afirmación actualizada-repito actualizada- de tradiciones que enriquecen la salud de los pueblos y naciones y las pluralidades del ser humano. No se hace patria odiando a los otros, cerrándonos, sino integrando al sentir, a la vivencia de la comunidad euskaldun, la pluralidad del ser vasco. Por ejemplo, asumiendo como propio -porque lo es- el pensamiento de las grandes personalidades vascas, incluído el de los que han sido reacios al Bizcaitarrismo como es el caso de Unamuno, Baroja, Maeztu, figuras universales y profundamente vascas, tanto que don Miguel se preciaba de serlo afirmando " y yo lo soy puro, por los dieciseis costados". Lo decía con el mismo espíritu con el que los vascos en 1612, comenzaban a reunirse en Euskaletxeak aquí en América.

Euskonews & Media 72.zbk (2000 / 3 / 24-31)

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Andagoya: Descubridor del Perú

Francisco Igartua

Fue un vasco, hijodalgo e ilustrado, hábil en euskera y castellano, nacido entre los años 1494 y 95 en el valle de Cuartango (Alava) el que descubrió y hasta les dio nombre a las tierras que por entonces dominaban los Incas del Cuzco y que más tarde serían el Virreynato del Perú, o sea lo que hoy son las repúblicas de Ecuador, Perú, Bolivia y buena parte de Chile y Colombia. Se llamaba Pascual de Andagoya y siendo muy joven había pasado a América "para ser más". Y sin duda lo logró, aunque al dinero y poder alcanzados debió añadir envidias y rencores sin cuento. Fue hombre de temperamento fuerte, taciturno, "antipático" dirían algunos y sincero amigo y defensor de los indígenas.

Siendo todavía joven, a los veintiocho años (1522), se había aventurado, en expedición financiada por él, al sur de Panamá, hasta una región que se llamaba Chochama, en territorio hoy colombiano. Ahí el recio alavés hizo amistad y comunicación verbal con los indios (es de suponer que su calidad de bilingüe y su cultivada inteligencia le facilitaron el contacto) lo que le permitió escribir posteriormente: "descubrí, conquisté y pacifiqué una gran provincia de señores que se llama Perú donde tomó nombre toda la tierra por delante".

Era la primera vez en la historia europea que se mencionaba el nombre de Perú en referencia al también hasta entonces desconocido Imperio de los Incas, del que le hablaron a Andagoya el cacique de Chochama y otros indígenas, a quienes acompañó a combatir a los guerreros de Virú, o sea los ejércitos de avanzada incaicos que estaban dedicados a extender los Cuatro Suyos del Imperio. ¿De dónde sacó Andagoya el nombre de Perú para referirse al incario? Se supone, sólo se supone, que fue por deformación del término Virú empleado por sus amigos indios de Chochama para, al parecer, referirse al sur en general. Lo único cierto es que Pascual de Andagoya fue el primer europeo en mencionarlo y en hacer contacto con el Imperio de los Incas.

La otra pregunta que se desprende de este hecho es ¿cómo logró el euskaldun Andagoya trato tan afable con los indígenas del territorio que conquistó? El mismo responde que lo conquistó y "pacificó", o sea que estableció la paz entre su gente y la gente del cacique de Chochama, su amigo, con quien logró dialogar largo y tendido. Son muchas las acusaciones que se le han hecho al "antipático" alavés (implacable en los negocios, ladrón, intrigante, altanero) pero nadie podrá decir que fue cruel o abusivo con los indios. Al contrario, su amistad con ellos fue tan fuerte que, cuando estuvo a punto de ahogarse porque se voltió la piragua en la que remontaba un río, el cacique de Chochama lo estuvo sosteniendo para salvarlo de las aguas y de las armaduras que llevaba puestas. Ese reyezuelo, su mejor amigo en aquellos parajes, fue seguramente quien le organizó el grupo de traductores y guías con los que volvió a Panamá para curarse del enfriamiento que le produjo el largo remojón en el río y para organizar una expedición mayor y mejor pertrechada.

Sus planes se frustraron por la enfermedad, que se hizo grave y le impidió montar a caballo; y ésta fue la razón por la que transfirió sus derechos de conquista a Francisco Pizarro, incluidos los traductores y guías a los que él había enseñado a expresarse en castellano. Estos fueron pieza clave en la conquista del Imperio que ya se llamaba Perú y que sólo oficialmente fue Nueva Castilla.

El tiempo que tardó Andagoya en recuperarse y poder volver a montar a caballo lo dedicó a los negocios, terreno en el que, como otros vascos, fue habilísimo; lo que le permitió ser su propio habilitador en las empresas expedicionarias que armó.

Sin embargo, antes de volver a salir en aventuras de conquista, el esforzado alavés pasó por venturas y desventuras variadas e intensas que se iniciaron con su elección a la alcaldía de Panamá (1527) para más tarde, por culpa de enemistades y envidias, ser denunciado por el nuevo Gobernador, Pedro de los Ríos, ante la Audiencia de Santo Domingo, a la vez que se le confiscaban sus cuantiosos bienes. La acusación fue de malversación en la alcaldía. Pero con hábiles intrigas logró que la Audiencia lo rehabilitara y, ya vuelto a casar, lo devolviera a Panamá (1534) donde acrecentó sus riquezas, gracias a sus recuas de mulas que hacían el transporte por el itsmo que separaba los océanos Atlántico y Pacífico. El servicio de mulas del conflictivo Andagoya era el mejor y, por lo tanto, el más caro. Sin embargo, su cuidado mayor estuvo puesto en la nao "Concepción", cuya propiedad compartía con el Gobernador Barrionuevo, quien lo nombró su teniente. La "Concepción", que hacía el tráfico al Perú, le llevaba y traía noticias de las tierras descubiertas por él y que Pizarro iba conquistando. Los negocios no lo absorbían tanto como para hacerle olvidar el mundo de las prodigiosas aventuras que lo esperaban allá al sur. Hacía ya tiempo que había vuelto a cabalgar y el destino lo empujaba a morir en el Perú.

Sin embargo, otros muchos sinsabores lo esperaban a Pascual de Andagoya antes de llegar a su fin entre Cuzco y la Ciudad de los Reyes (Lima).

En 1536 el juez de residencia de Panamá lo vuelve a denunciar y cargado de cadenas lo envía a España para ser juzgado por el Consejo de Indias. Pero de nuevo la fortuna va en auxilio de Andagoya y el Consejo lo declara inocente desagraviándolo con la gobernación de Río de San Juan y permitiéndole usar el Don antes de su nombre.

Desde Panamá, donde ha vuelto, parte el alavés en compañía de su cuñado, Alonso Peña, a las tierras que el Consejo le ha otorgado. Corría el año de 1540 y la gobernación de Río de San Juan, de acuerdo a los mapas de la época, estaba situada en un punto impreciso entre la Nueva Castilla de Pizarro y la que sería Nueva Granada, de Benalcázar.

A ese espacio se dirigió Don Pascual de Andagoya y lo primero que hizo al llegar a sus costas con cientocuarenta soldados, cuarenta caballos, un galeón, una carabela y dos bergantines, fue fundar la ciudad de Buenaventura; donde dejó a su hijo, Juan de Andagoya, y a su cuñado, Peña, al mando de unos pocos hombres, mientras él se internaba en el territorio. Leguas adentro, en Popayán, se tropezó con huestes de Pizarro sitiadas por los indios. Rompió el cerco y se creyó con derecho a ocupar la ciudad no obstante pertenecer ésta a Sebastián de Benalcázar. La ocupó y lo mismo hizo con la villa Santa Ana de los Caballeros, a la que dio el nombre de San Juan. Pero ya antes había entrado en Cali, por lo que las iras de Benalcázar estaban desatadas contra él. No hubo enfrentamiento porque los frailes del lugar, vascos muchos de ellos, se interpusieron. Sin embargo, el Cabildo falló contra Andagoya y Benalcázar lo apresó fundamentándose en que la provisión que a él le dio el Rey abarcaba la gobernación de Río de San Juan, la misma que después le había sido otorgada a Andagoya. ¡Enredos burocráticos de entonces, de hoy y de siempre!

Para fortuna de Andagoya, en esos días desembarcó en Buenaventura (por intuición quien sabe el alavés le daría ese nombre) el Comisionado real para el Perú, don Cristobal Vaca de Castro, quien llegaba mareado por los padecimientos sufridos en el mar y necesitado de auxilio, que le fue dado con amplitud por Peña y Juan de Andagoya. Por entonces ya estaba instalada en Buenaventura la mujer (en segundas nupcias) de Don Pascual y otros familiares. Fácil le fue a Peña convencer al flamante y poderoso Comisionado regio para que interviniera a favor del desventurado gobernador del impreciso Río de San Juan. Dispuesto a sembrar la paz en el Nuevo Mundo, Vaca de Castro viajó a Popayán, se entrevistó con Benalcázar y quedó libre Andagoya, a quien Vaca le recomendó viajar a España para aclarar sus problemas en el Consejo de Indias.

En España se siguió escapando del infortunio, pues hizo contacto con Pedro de la Gasca, quien salía para el Perú con plenos poderes reales para pacificar las luchas intestinas que siguieron a la muerte de Pizarro. Con él retornó Andagoya a América, donde apenas le quedaban Buenaventura y la virtual gobernación de Río de San Juan, a cargo de su hijo.

Pero el destino de Andagoya estaba trazado y lo conducía a morir en el Perú. No se quedó, pues, en su gobernación, donde había enterrado una fortuna (algo así como 70,000 pesos), sino que, partiendo de Panamá con la real flota de guerra, siguió al lado de Gasca, quien lo nombró su capitán, encargándole recoger gente en Buenaventura, mientras él (Gasca) seguiría hasta Tumbes donde se encontrarían.

Ingresó así, comandando la mitad de la caballería real, al corazón del Imperio con el que él tuvo contacto antes que cualquier otro europeo. De Tumbes subió a Cajamarca, donde los españoles habían ajusticiado al infortunado inca Atahualpa y de allí siguió a Jauja, para luego participar al lado del pabellón Real en la batalla de Jaquijahuana, donde fueron derrotados Gonzalo Pizarro y sus rebeldes.

A órdenes del Pacificador don Pedro de la Gasca, incursionó nuestro alavés por el Alto Perú (hoy Bolivia) y por un tiempo se asentó en el Cuzco, la capital del reino que él entrevió y pudo ser suyo, para pasar, siempre con Gasca, a la ciudad de los Reyes (Lima). Allí o en el camino (nada se sabe de él en aquellas fechas sino que salió del Cuzco con el Pacificador), murió Don Pascual de Andagoya, quien andaba con la salud maltrecha desde que en Jauja un caballo le propinó una coz. Así, oscuramente, desapareció de la historia el vasco que descubrió y dio nombre al Perú. Fue un hombre de su tiempo al que el destino le dio y le quitó honras y agravios, riquezas y miserias y al que nadie le podrá negar el derecho a ser llamado defensor de los indígenas.

Euskonews & Media 183.zbk (2002 / 10 / 11-18)

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El Caballero de la Espuela Dorada

Francisco Igartua

Tierra signada por el destino con la sombras trágicas de las luchas intestinas, los esquinazos, las pugnas y tensiones internas, no podía ingresar a la historia de la cultura Occidental de manera distinta a como lo hizo. Al llegar al Perú, Francisco Pizarro, el extremeño analfabeto, astuto e inteligente que lo conquistaría, encontró al Incario saliendo de una guerra civil en la que Atahualpa venció a Huascar; y al morir Pizarro (asesinado) se volvió sin cuartel la sangrienta pugna que ya separaba a pizarristas y almagristas, guerra civil entre españoles que concluyó con Gonzalo Pizarro enfrentándose al rey, rebeldía que lo llevó al cadalzo.

En estas matanzas, los "vizcaínos" (así se les identificaba a todos los vascos) participaron activamente en ambos bandos, siempre en grupo, pues el temperamento y el euskera, que los aislaba de los demás, los hacía participar en cofradía. Había, por lo tanto, cofradía vasca en las dos partes.

Andagoya no fue, pues, el único vasco vinculado a la incorporación del Perú a la historia de Occidente. Varios fueron los euskaldunes que acompañaron a Francisco Pizarro en la empresa que el alavés, por hallarse enfermo, le cedió al extremeño. Entre ellos destacó Domingo de Soraluce, uno de los trece que, en la isla del Gallo, prefirieron seguir al dorado Perú que pregonaba Andagoya, antes que volver a Panamá "a ser pobres", pasando así a la historia como "Los Trece de la Fama", entre quienes también figura un Esquibel con el nombre de Rivera.

Soraluce, nacido en Vergara al finalizar el siglo XV, acompañó a Pizarro y Almagro en los primeros pasos de la conquista del Perú, aunque, por haber quedado en San Miguel de Piura (primera ciudad fundada por Pizarro) no estuvo en Cajamarca en la captura y ajusticiamiento de Atahualpa, aquel Inca que entregó como rescate, sin lograr misericordia, un cuarto repleto de oro. Este crimen fue desaprobado por el vasco Rada, quien proponía enviar al Inca a España, y fue condenado por el emperador Carlos V.

Donde reaparece Soraluce es, acompañando a Almagro, en la fundación de Trujillo, también en la costa como Piura. Y en varias crónicas se relata que el vergalés acompaño a Francisco Pizarro en su viaje a España para que se le reconociera el título de Conquistador del Perú. Aunque algo más le concedió la Corona a Pizarro (lo hizo Marqués) y encumbró a hijosdalgo a los miembros de su comitiva, a excepción de Soraluce al que le dio la orden de Caballero de la Espuela Dorada, ya que por ser "vizcaíno" era de por sí hidalgo.

Muchos otros vascos estuvieron presentes en esos primerísimos capítulos de las conquista del Tahuantinsuyo (el Imperio Inca) y la historia registra al lado de Soraluce a Pedro Vizcaíno (la primera baja, en un enfrentamiento con indios antes de llegar al Perú) y a Salcedo, Navarro, Avendaño, Lazcano, Isasaga, Aguirre (Pedro), Azpeitia, Echandía...

Sin embargo, el Caballero de la Espuela Dorada, Domingo de Soraluce (los cronistas de la conquista peruana alteran de diversos modos su apellido) no estuvo muy a gusto en la milicia y retornó a Panamá para dedicarse a los negocios entre el itsmo y el Perú, siguiendo así la huella de su amigo Andagoya. Aunque en algo fue muy distinto al seriote alavés (casado éste virtuosomante en primera y segundas nupcias). Soraluce, el Caballero de la Espuela Dorada, fue amigo de los devaneos amorosos. Hasta el punto de que, habiéndose comprometido para volver al lado de Pizarro, prolongó y prolongó su estada en Panamá por amor a Juana Ruiz, dama hermosa que llegaba de España a Panamá para reunirse con su esposo en Nicaragua. Durante un tiempo, ya de vuelta en el Perú, lo acompañó y superó ampliamente en estos lances amorosos su sobrino Juan Ortiz de Vergara. Serían ellos, aunque más el sobrino que el tío, los que sentaron la fama de caballeros galantes que alcanzaron algunos vascos que circularon por América.

Pero volvamos a Panamá a los tiempos anteriores a la llegada de doña Juana Ruiz.

La decisión de volver al lado de Francisco Pizarro no se debió a un renovado interés de Soraluce por la milicia, sino a la visita de Hernando Pizarro, quien pasaba por Panamá llevando el quinto real al Emperador. Al ver los relucientes cántaros de oro, los vasos de plata y los mantos de plumas que le mostraba Hernando Pizarro, se decidió el Caballero de la Espuela Dorada a volver al Perú. Sin embargo, en el barco en el que saldría para España el hermano del Marqués llegó doña Juana Ruiz, la belleza que impactó al vasco y le hizo olvidar los mantos de plumas, los cántaros y los vasos del quinto real. Por esta razón retrasó su vuelta al Perú y la fue retrasando y retrasando. Hasta que un día hizo contactó con Pedro de Alvarado, el conquistador de Guatemala, quien se había aproximado a Quito y montaba una gran escuadra para ir al Perú a apoderarse del Cuzco. Decidió Soraluce tomar partido por Alvarado y se ocupó de reforzar la expedición armando dos barcos que tenía en Panamá. Pero pronto llegó gente de Almagro al itsmo y se iniciaron negociaciones con Alvarado, negociaciones que concluyeron en una transacción económica y la retirada de Alvarado a Guatemala.

Los caprichosos vaivenes de la política colocaron al Caballero de la Espuela Dorada en la realidad y como su vocación no era precisamente la milicia, salió de todos modos hacia el Perú con las dos naves que tenía fletadas, la "Buenaventura" y la "Santa Clara", pero no cargadas de armas y caballos como tenía previsto, sino de abundante mercadería. Siguió, pues, en los negocios, que era lo suyo, hasta que, muy enfermo, decidió viajar a España. Murió en la travesía y lo enterró en Panamá su amigo Pascual de Andagoya.

Después del arreglo con Alvarado en Panamá, muchos de los vascos que se habían enrolado en las filas del gobernador de Guatemala pasaron a las de Pizarro y Almagro, el artífice del acuerdo con Alvarado. La mayoría eran amigos de Soraluce, pero no lo siguieron a él en los negocios sino que persistieron en la aventura hasta el final y algunos participaron en la muerte de Pizarro. La historia registra los nombres de Ayala, Añasco, Guevara, Idiaquez y Rada, quien sería la mayor figura almagrista.

Don Domingo de Soraluce nunca dejó de estar ligado al Perú. Por ejemplo, en la definitiva salida de Pizarro hacia el imperio incaico (siempre desde Panamá), él y sus amigos vascos no sólo lo acompañaron sino que uno de los navíos de la expedición era propiedad del futuro Caballero de la Espuela Dorada. Esto ocurrió poco después de la Capitulación firmada en Toledo en junio de 1529, por la cual Francisco Pizarro quedó como vencedor en sus disputas con Diego de Almagro y Hernando de Luque (el otro socio de la expedición de 1524). La capitulación nombraba gobernador y capitán general vitalicio del Perú a Pizarro, dejando a Almagro reducido al mando de la fortaleza de Tumbes y al clérigo Luque a obispo del mismo lugar.

El 6 de Enero de 1535, luego de algunas dudas entre establecer la capital en el centro del territorio (según norma española) o colocarla cerca de un puerto de escape, el celebral Pizarro se decidió por lo segundo y fundó la Ciudad de los Reyes (Lima) ; la que, desde esa fecha, fue centro de operaciones de todo lo que ocurriría en América del Sur, a excepción del Caribe, que tenía comunicación directa con España.

La ciudad de los Reyes y antes el Cuzco, serían los puntos de partida para las expediciones a todo el cono sur de América, empresas en las que nunca faltaron los vascos o "vizcaínos". Del Cuzco partió Almagro con muchos "vizcaínos" a la Conquista de Chile, donde no dejaron buena fama y de donde volvieron cariacontecidos por no haber hallado el oro que creyeron allí existía. Y varios de esos "vizcaínos" (Rada, Bilbao, Sojo, Arbolancha, Enciso, Navarro) fueron los que dieron muerte a Pizarro en su casa de Lima, (el que dio la estocada mortal habría sido Martín de Bilbao), lo que no fue el comienzo sino uno de los puntos culminantes de esa larga guerra civil en la que hubo vascos en los dos bandos.

De la Ciudad de los Reyes partió a Chile Alonso de Ercilla, en las huestes de Valdivia, para borrar la mala fama de la primera expedición, alcanzar gloria militar en la epopeya que fue la guerra contra los valerosos araucanos y deslumbrar al mundo con una joya literaria, La Araucana, un canto épico que, sin embargo, sólo en parte es crónica de la gesta en la que Ercilla demostró destreza y valor tan grandes con la espada y el arcabus como lo hizo luego con la pluma al rememorar desde España aquella heroica confrontación que no tuvo fin, pues nunca lograron los conquistadores dominar a Arauco. También de Lima salieron los vascos que encontraron renombre y riquezas pasmosas en Potosí. Y en Lima pasó buen tiempo don Juan de Garay, quien salió del Alto Perú para fundar Buenos Aires, lugar de arribo para muchísimos vascos en los siglos que siguieron.

Este es el país que en 1521 descubrió y entrevió sus riquezas el euskaldun don Pascual de Andagoya, el amigo de don Domingo de Soraluce, "Caballero de la Espuela Dorada".

Euskonews & Media 185.zbk (2002 / 10-25 / 11-1)

189

La primera cofradía en América

Francisco Igartua

"Antes paisano que Dios", frase con tufillo blasfemo, fue común entre los vascos de aquellas épocas y es frase que sintetiza el ánimo de los vascos que participaron en la Conquista y en la fundación de la institucionalidad colonial americana. Un hecho, repetido en todo el Nuevo Mundo, que se explica por el carácter cerrado del euskaldun (desconfiado de los "otros") y por la diferenciación que nacía del idioma. El euskera los unía y les permitía mantener secretos sin necesidad de pasar a la clandestinidad.

La conjunción de estos dos elementos (idioma y desconfianza) hizo que los vascos siempre andaran en grupo, grupos que algunas veces pactaron por lo bajo entre ellos, aunque las más de las veces se enfrentaron por fidelidad al bando con el que se habían comprometido. Lo que no quiere decir que no hubiera excepciones y de gruesa envergadura, algunas más que vergonzosas. Y también confabulaciones de abierta picardía.

Esta tendencia a la diferenciación, a sentirse distintos, a ser comunidad con caracteres propios, otra nación, hizo que muy pronto los vascos de América comenzaran a congregarse en reuniones exclusivas que fueron tomando forma institucional. La más antigua información sobre el tema, es la referida a los vascos de Potosí (Alto Perú), importante ciudad que creció al lado de la mítica montaña de plata que deslumbró por siglos a la imaginación europea y en la cual los vascos se hicieron ricos y poderosos, gracias a su entrega al trabajo y su habilidad para los negocios. Al finalizar el siglo XVI, la comunidad vasca de Potosí, que controlaba las fábricas mineras (el ochenta por ciento de las 132 fábricas eran de vascos en 1580), que tenía mayoría en el municipio (de los doce regidores seis eran vascos) y dominaba el mercadeo de la plata (de doce mercaderes ocho eran vascos), se constituyó en Hermandad de ayuda mutua en el templo de los agustinos del lugar, aunque no se oficializaron los estatutos. Y lo mismo ocurrió por aquellos años en la Ciudad de los Reyes (Lima), donde algunos vascos se reunían, con fines iguales y la misma informalidad de los de Potosí, en el convento de San Agustín.

Pero la primera hermandad vascongada que se organiza y se oficializa en América, es la fundada en Lima el trece de febrero de 1612. En esa fecha, formalmente, importantes comerciantes vascongados de la capital del Virreynato de Nueva Castilla se reunieron para dar poder a los siguientes "caballeros hijosdalgo de la nación vascongada" (Olarte, Cortabarría, Urdanibia, Urrutia, Arrona y Rezola) encargándoles adquirir una capilla en la "iglesia de Santo San Francisco" con el propósito de dedicarla al culto de nuestra Señora de Aranzazu. Una capilla que tendría por objeto ser punto de reunión de la Hermandad Vascongada, más conocida luego como Cofradía de la Virgen de Aranzazu, reservándose la cripta para el entierro exclusivo de los miembros de la Hermandad y sus descendientes. El 27 de diciembre de ese mismo año, concluidos los trámites de la compra, se convocó a una reunión para elegir mayordomos y redactar estatutos; estatutos que rigieron durante más de dos siglos la Hermandad limeña, y que son muy parecidos a los redactados años después en México, Santiago de Chile y otras ciudades con el mismo fin: poner en funcionamiento una Cofradía de la Virgen de Aranzazu, que congregara en exclusiva a los vascos, probándose así que lo ocurrido en Lima no fue un hecho aislado, circunscrito a esa ciudad, sino un propósito compartido por todos los vascos de América, deseosos de diferenciarse y hacer causa común entre ellos. Por algo todas estas hermandades o cofradías se organizaron bajo la advocación de Nuestra Señora de Aranzazu, el máximo símbolo religioso de los vascos, identificándolo con "nuestra nación", como dice la constitución de la primera de estas Cofradías, la fundada en la Ciudad de los Reyes en 1612.

Fueron ciento cinco hermanos los fundadores de esa primera Cofradía (35 de Quipuzcoa, 49 de Vizcaya, 9 de Navarra, 7 de Alava y 5 de las Cuatro Villas) y se conserva el nombre de ellos porque dejaron estampada su firma en el libro de elecciones de la Hermandad. Los que dieron poder para la compra de la capilla fueron Garro, Gordejuela, Echegaray, Munibe (Lope de), Munibe (Miguel de), Ortiz de Bedia, Mallea, Zabala, Ormaechea, Arcaya, Urasandi. Todos importantes comerciantes de la ciudad, lo que es otra muestra de la dedicación a los negocios de los vascos en América. Aunque en Potosí, donde en realidad se inician informalmente estas asociaciones, hay que añadir a los hombres de empresa los numerosos técnicos que dirigían en las minas la amalgama del mercurio con la plata, los azogueros.

El ánimo nacionalista de los cofrades está claro en el texto de los estatutos de la "Congregación y Hermandad que tienen fundada los Caballeros hijosdalgo que residen en esta Ciudad de los Reyes del Perú... con el fin de ejercitar entre si y con los de su nación obras de misericordia y caridad, así en vida como en muerte... y porque la nobleza y limpieza de sangre es don de Dios... ayuda mucho a la virtud y buenas obras al ser hijos y descendientes de buenos, se ordena para mayor decoro de la Congregación que todos los que hubieren de ser recibidos en ella sean originarios de las partes y lugares sus referidos o sus descendientes... En la capilla y bóvedas de ella tienen entierro propio los hermanos y viudas de ellos, pero si éstas se casaren con personas que no lo sean pierden este derecho... también lo tienen los hijos legítimos y naturales de tales Caballeros hijosdalgo que son o hubieren sido de dicha hermandad y las mujeres que se casaren con ellos, advirtiendo que los naturales no tengan raza indígena...".

Desde el inicio, como vemos, se señala en los estatutos que la congregación está estrictamente reservada a los vascos, indicándose con claridad el territorio ("Quipuzcoa, Señorío de Vizcaya, Alava y Navarra", con una extensión precisa a "las Cuatro Villas de la costa de la Montaña que son Laredo, Castro Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera").

También se recogen las viejas costumbres de los euskaldunes señalándose que la igualdad debe ser respetada hasta en la muerte, por lo que "para que se eviten quejas y haya igualdad en todos los hermanos que es madre de la paz y conformidad cristiana, a ningún hermano ni hermana de cualquier condición, oficio y calidad que sea se le de o pueda dar asiento, ni entierro particular en la capilla". Ni asiento ni sepultura que diferencie a unos de otros y, más aún, "esto ha de ser de tal manera indispensable" que no hay autoridad alguna que pueda "innovar o dispensar" esta disposición. Igualdad que se extiende hasta el caso de "personas pobres originarias de dichas provincias y descendientes de ellas (fallecidas en la ciudad), las cuales o por descuido o por falta de noticia no hayan sido registradas... se ordena que los tales se hayan de enterrar y se entierren en la capilla a costa de la Hermandad...."

La voluntad de singularizarse, de tener identidad propia, es la que anima a este y otros estatutos (México, Santiago de Chile); aunque sin llegar a desatinos. Por ejemplo, los mayordomos limeños que deciden el nombramiento de Capellanes para las capellanías que la Cofradía sostiene, deben cuidarse de que los aspirantes demuestren primero que nada solvencia moral, capacidad intelectual, don de gentes y sólo en último término están obligados a preferir a originarios de euskalherría o vascos americanos.

La Cofradía de Lima tuvo vida ininterrumpida hasta el siglo XIX y en 1857, proclamada ya la independencia peruana y establecida la República, eran 278 sus miembros, cifra significativa en la Lima de ese entonces. Sólo en 1865 entra en disolución y es absorbida por la Beneficencia Pública de la ciudad.

Francisco Igartua

Euskonews & Media 189.zbk (2002 / 11 / 22-29)

192

¿Demonio o príncipe de la libertad?

Francisco Igartua

No es fácil calificar a Lope de Aguirre, el oñatiarra que, con insolente tú, desafió al rey Felipe II desde las lejanas Indias. Por un lado podría ser el "asombroso demonio y formidable Angel caído" de don Miguel de Unamuno; por otro, sería "Aguirre, el loco", que le era "casi simpático" a Pío Baroja; aunque la mayoría de los que se han aproximado al alucinado rebelde (incluidos Unamuno y Baroja) no dejan de quedar anonadados ante sus crímenes y atrocidades y encontrarlo "repulsivo en el orden moral". Sin que falten numerosas opiniones que, razonablemente, encuadran esas atrocidades en su época, en los violentos y desalmados años del siglo XVI, que es cuando ocurrió la rebeldía de Lope de Aguirre, el Peregrino, Príncipe de la Libertad.

Pocos, muy pocos, sin embargo, podrán discrepar con razones valederas en cuanto a que Aguirre fue quien dio el primer grito de independencia en América. Todos los documentos que existen sobre la azarosa vida de Lope de Aguirre son coincidentes en este punto.

Pueda ser que la idea de volver al Perú desde el río Marañón (Amazonas), pasando por la isla Margarita y Panamá, se le hubiera ido ocurriendo a ese soldado sin fortuna que era Lope en la travesía del río-mar, pero más certidumbre habría en creer que desde el inicio tuvo Aguirre el propósito de hacerse de una armada que le permitiera hacer lo que en una oportunidad anunció: "saldrán del Marañón otros godos que gobiernen y señoreen a Pirú como los que gobernaron a España".

La idea la habría tenido Lope de Aguirre larvada en su magín durante buen tiempo, pues en las primeras leguas de la expedición al mando de Pedro de Ursua no se dejó sentir, casi no se le menciona y no tuvo cargo de importancia, pese a que Ursua, al iniciarse la aventura de El Dorado, declaró que él se confiaba en los "vizcaínos", pues le bastaría hablarles en vascuence. Y es muy posible que en esa primera etapa haya estado Lope tratando de indagar (hablando en euskera) si Ursua estaría dispuesto a traicionar al rey español. Este prudente sigilo lo mantuvo mucho tiempo y se desprende de sus siguientes pasos al asesinato del gobernador. Ni una palabra de marchar sobre el Perú y menos de "desnaturarse" españoles le confió el astuto oñatiarra a Fernando de Guzmán, a quien había hecho su cómplice en la muerte de Ursua, haciéndole ver que él, Guzmán, sería el nuevo jefe de la armada, tal como ocurrió. Lope de Aguirre comenzó así a tener el control de la situación, pero no confesó sus intenciones al joven veinteañero colocado por él como sucesor de Ursua. Lo siguió observando hasta que comprobó lo que él sospechaba: que el joven era más ambicioso de honores que de poder. Recién entonces lo convenció de que debía reafirmar su calidad de general de la expedición haciendo una audaz renuncia al cargo ante todo el real para luego ser confirmado. Y esto es lo que ocurrió en la solemne asamblea con misa y tambores, todo controlado por Lope de Aguirre y los suyos. Pero no sólo hubo confirmación, también, inspirado por Aguirre, habló Guzmán proponiendo escoger entre "poblar esta tierra o ir sobre el Pirú, porque soy informado que sobre esto hay diferentes pareceres en el real". El resultado fue "ir sobre el Pirú". Y concluyó la ceremonia, presente el sacerdote Henao, con firma ante el altar de cumplir lo prometido.

Pero el paso grande, el decisivo, no lo dio Lope aquel mismo día de la confirmación de Guzmán como general de la expedición. Cauteloso como era el oñatiarra esperó, aunque muy poco; y volvió a convocar a todo el real con trompetas y atabales. Ahora sí, seguro de dominar la situación, con Guzmán a la espera en casa, expuso crudamente su propuesta final:

"Caballeros, a todos nos conviene, para coronar por Rey a nuestro general, mi señor, en Panamá, que aquí lo elixamos y tengamos por Príncipe; y para esto yo digo que me desnaturo de los reinos de España, y que no reconozco por mí rey al de Castilla, ni por tal le tengo ni lo he visto... y de hoy más obedezco y tengo por mi Príncipe Rey y señor natural a D. Fernando de Guzmán, al cual entiendo coronar por Rey del Pirú". Juraron todos acompañarlo en su decisión y en desfile militar se dirigieron a "besar las manos" del Príncipe que se habían dado, reafirmando sus rúbricas ante el altar.

Quedó así sellada la primera proclama de independencia en América. ¿O cabe otra interpretación a estos hechos debidamente autenticados?

Sin embargo, como en todos los acontecimientos históricos, hay antecedentes, precursores, primeras señales. Y en este caso no hay uno sólo. En la conquista del Perú son varios los alzamientos contra el pendón real, aunque siempre en nombre del rey en insumisión a las autoridades reales. La más sonada y más próxima al gesto del fiero Lope de Aguirre fue la rebeldía de Gonzalo Pizarro frente al Pacificador La Gasca. Pero Gonzalo Pizarro no se atrevió a seguir los consejos de su lugarteniente el legendario Francisco de Carvajal quien lo instaba a desconocer al rey y hacerse él monarca de las tierras que él y sus hermanos habían conquistado con su esfuerzo y con su sangre. Bien caro pagó su error el más joven de los Pizarros. Fue humillado, escarnecido, decapitado y expuesta su cabeza en la plaza del Cuzco. Así de violenta y cruel era la época.

En ese ambiente brutal se había desarrollado la vida aventurera de Lope de Aguirre y no fue excepción blanda el oñatiarra. De sus primeras andanzas peruleras poco se sabe, aunque no pasó inadvertido y el Inca Garcilaso de la Vega, el primer peruano notable (hijo de princesa india y de capitán español), da cuenta en sus escritos de una "hazaña" que retrata al feroz orgulloso que era Lope de Aguirre. En Potosí (Bolivia) un mayor de Justicia ordenó, injustamente, que Lope fuera azotado. Esos azotes removieron su ira, no por el castigo sino por la humillación sufrida y por la sinrazón de la orden. Juró por lo tanto vengar su honor y se propuso matar al juez. Enterado éste del propósito de Aguirre esperó con susto que terminara su mandato y enseguida huyó a Lima. Pero Aguirre salió a perseguirlo a pie y descalzo ("decía que un azotado no había de andar a caballo ni parecer donde la gente lo viese"). Esta persecución duró tres años y cuatro meses. Esquivel corrió de Lima a Quito y de allí al Cuzco, donde lo alcanzó Aguirre y lo mató a puñaladas, volviendo luego a la casa del muerto para recoger su sombrero olvidado. Y remata Garcilaso de la Vega el relato escribiendo que por este hecho Aguirre ganó la admiración de la soldadesca postergada, "los soldados bravos y facinerosos decían que si hubiera muchos Aguirres en el mundo tan deseosos de vengar sus afrentas, que los pesquisidores no fueran tan libres e insolentes".

Este es el hombre iluminado y fiero, el primer proclamador de la independencia americana, a quien se le conocerá como la Ira de Dios, junto al título de El Peregrino.

Pero volvamos a la inmensidad del río y del verde amazónico. Al momento en que Fernando de Guzmán, engolosinado por los oropeles y reverencias en las que lo envolvió Lope de Aguirre, se decidió complacido a ejercer la dignidad de Príncipe y futuro Rey: "puso don Fernando casa de príncipe con muchos oficiales y gentiles hombres.... comió desde entonces solo y servíase con ceremonias de príncipe.... comenzaba sus cartas, conductas y provisiones de esta manera: Don Fernando de Guzmán, por la gracia de Dios príncipe de Tierra Firme y de Pirú y del reino de Chile".

Con los bergantines construidos en ese pueblo amazónico listos para partir, el Príncipe cometió el error de nombrar sargento mayor al donostiarra Martín Perez ("así se hacía llamar" seguramente por hacerse difícil su apellido vasco), quien era íntimo de Lope de Aguirre. Fue un error grave para él, pues con el tiempo el joven Guzmán fue ambicionando liberarse de la tutela de su maese de campo y alentado por gente descontenta de la despiadada disciplina de Lope planeó eliminarlo. Hubo dos consultas de guerra a las que no fue citado Lope de Aguirre y en las que se decidió la muerte del fiero oñatiarra. Decisión que conoció en detalle el condenado. Por lo que, adelantándose, Lope dio muerte a su Príncipe Guzmán.

Esa muerte fue una carnicería y se produjo, según la crónica de Ortiguera; de este modo: "Mandó en lo secreto a Martín Perez, sargento mayor, y a Juan de Aguirre, grandes amigos suyos que á vueltas de los otros matasen a don Fernando de Guzmán....Pareció a los amigos de Lope de Aguirre gran temeridad lo que quería hacer, por ser ya de noche y muy obscura, y ansí le dijeron que les parecía... pues se podría hacer mejor a la hora que amaneciese... Este consejo pareció bien a Lope de Aguirre... hasta que otro día quiso amanecer y á esta hora, ya que alboreaba, salieron de sus bergantines... derechos a casa de don Fernando...". En esta brevísima excursión mataron, de paso, al cura Henao (que era uno de los confabulados para matar a Aguirre) y delante del "vano y loco" Príncipe Guzmán hicieron lo mismo con todos sus asistentes que salieron a defenderlo. A Guzmán lo abatieron Martín Perez y Juan de Aguirre de un par de arcabuzazos.

Aunque es cierto que esta enloquecida Odisea no comenzó cuando Lope de Aguirre expuso sus planes (toda la travesía, desde el embarque en Moyobamba, fue un calvario de calamidades con muy pocas satisfacciones), el drama, la tragedia, adquiere caracteres pavorosos desde que él fuerza la decisión de los marañones a "desnaturarse españoles" y a arcabuzazos mata a Guzmán, quien ingenuamente había tramado la muerte de Lope a los ojos y oídos de dos amigos íntimos del oñatiarra.

Luego siguió "in crescendo" esta desorbitada Odisea... Vino la prodigiosa salida al mar, la llegada a la Isla Margarita, la traición de Munguía, la desesperada intentona de llegar a pie al Perú y la muerte dramática y atroz de Lope de Aguirre con el cadáver de su hija Elvira en los brazos. Terribles episodios a los que siempre les ronda una pregunta: ¿de no haber sido traicionado, con el navío artillado de Montesinos, hubiera podido Lope de Aguirre caer de sorpresa en Panamá y montar una gran armada?

¿Demonio o Libertario?... Las dos cosas a la vez y en grande. No podía ser ni más ni menos quien en medio del Amazonas se autodescribió: "También decía (escriben sus cronistas) que pues su ánima ardía ya en los infiernos, que debía de hacer que sonasen en todo el mundo sus hechos, y que había de hacer subir el nombre de Aguirre hasta el noveno cielo".

Euskonews & Media 192. zbk (2002 / 12 / 13-20)

196

Rastros vascos en la historia del Perú

Francisco Igartua

Si grande fue la presencia vasca en la Conquista y Virreynato del Perú, también esta se hizo presente y con mucha fuerza en la formación de la República peruana. Por lo pronto, de los nueve jefes peruanos que acompañaron a Bolívar y Sucre en las batallas que sellaron la independencia americana (Junín y Ayacucho) cinco eran de origen vasco (La Mar y Cortázar, Gamarra, Salaverry, Vivanco y Orbegozo). Y la figura más respetable, más reposada e ilustrada, más lúcida y por completo desinteresada de figurar o de lucrar con la política fue un vasco-criollo, don Hipólito Unanue, prestigioso investigador médico originario de Motrico. Participó con severa serenidad en el Primer Congreso Constituyente de la naciente república (Congreso iniciado con misa celebrada por el Dean Echague y del que fue su secretario Francisco Javier Mariátegui, una de las estrellas parlamentarias de aquellos años aurorales); pero a Unanue no se le puede encasillar como congresista, fue un sabio, un representante de la ilustración en esa aristocratizada sociedad limeña, que lo encumbró gracias al apoyo de las poderosas familias de los Landaburu. Sin embargo, su liberalismo secularizado no lo aleja, como apunta el historiador Jorge Basadre, de la recia fe de sus antepasados y en sus memorias "Mi Retiro" escribe: "en medio de esas convulsiones (de la ciencia y la filosofía) en las que me he considerado un átomo vagando en la inmensidad de la naturaleza, un fuerte sentimiento religioso me levanta siempre hacia Dios; y experimento no se qué aliento de seguridad y grandeza".

Ese espíritu abierto, espiritualmente refinado, llevó a Unanue, junto a otros hijos de vascos como él (José María Egaña y José Javier Baquíjano) a fundar en 1787 una "Academia Filarmónica", academia que después, inspirados en la Sociedad Bascongada de Amigos del País, transformaron en "Sociedad Amantes del País", editora de "Mercurio Peruano", revista que fue embrión de la conciencia cívica del Perú que estaba en gestación y promotora de las ciencias y letras peruanas. También, en esos años virreynales, Unanue fundó "Verdadero Peruano" y "Nuevo Día del Perú", dando prueba de cómo iba formándose en su mente la idea de Perú como nación independiente, aunque esa idea no surgió de una explosión emotiva, fue evolucionando en su pensamiento de una posición reformista, de convivencia entre peruanos y españoles, hasta la inevitable independencia. Estuvo en su proclamación y fue ministro de Hacienda de San Martín, quien dijo "el viejo honradísimo y virtuosísimo Unanue fue uno de los consuelos que he tenido en el tiempo de mi incómoda administración". Sin embargo, Unanue estuvo más estrechamente unido a Bolívar, ganado por el brillo intelectual del Libertador y por la idea de formar una sola comunidad de pueblos latinoamericanos.

Si Hipólito Unanue destacó como el virtuoso e ilustrado consejero de la nueva república, otros vascos de origen destacaron también, como el citado Mariátegui, en el campo político y parlamentario. Es el caso de Manuel Salazar y Baquíjano y de Manuel Lorenzo de Vidaurre, personalidad fuerte y contradictoria, prototípica del carácter vascongado, quien también estuvo entre los partidarios de Bolívar en las horas álgidas del desgobierno que siguió a la retirada de San Martín. Pero en esas fieras y revueltas épocas el poder sólo en teoría emanaba del pueblo. La voluntad popular era pura ficción. El poder lo ejercían las armas y los militares eran los que fijaban la política del país. Y en este terreno los vascos abundaron y destacaron. Por ejemplo, los cinco generales vasco-peruanos vencedores en Junín y Ayacucho fueron presidentes del Perú; a los que hay que añadir al general Rufino Echenique, quien también fue presidente en aquella etapa de formación republicana. Echenique era originario del Baztán.

No todos, sin embargo, eran militarotes de cuartel, al contrario, ninguno de ellos figuró en los salones limeños sólo por su rango político o militar. Y algunos hubo que más se distinguieron con la pluma que con la espada. Es el caso del infortunado coronel Juan de Berindoaga, que fue ministro de Tagle (el segundo fugaz presidente) y uno de los que indecisamente quedaron en el puerto de El Callao junto a los ricos aristócratas limeños que primero se unieron a la independencia con fervor patriótico, pero que luego, al sentirse desplazados por el vendaval de la historia, reaccionaron contra el estallido de la anarquía y el surgimiento de la "plebe", refugiándose en el puerto al lado de la fortaleza que no había rendido el realista Rodil. En esas circunstancias el coronel Berindoaga se vio obligado a escribir en los periódicos realistas "El Desengaño" y "El triunfo del Callao". Resultado de estas indecisiones fue que, capturado en una chalupa yendo hacia un barco chileno en busca de asilo, resultó enjuiciado y ahorcado en la Plaza Mayor de Lima, junto a otro contrario a Bolívar. Los cuerpos quedaron a la vista del público durante todo un día. Otro de los oficiales que se opuso a Bolívar y a los colombianos que lo acompañaban, Manuel de Aristizabal, acabó también ahorcado en la plaza y su cuerpo reposa en el Panteón de los próceres peruanos, junto a los de Iturregui, Arriz, Cortazar, Ugalde y de algunos vascos más.

José de la Mar y Cortazar (vasco por parte de madre y padre), otro militar que sí era bravo hasta la temeridad en los combates, vencedor en Junín y Ayacucho, no se hallaba con ánimo de ejercer el mando en la vida civil y, sin embargo, fue elegido por el Congreso presidente del Perú al retiro de Bolívar. Carente de ambición, hombre limpio, bien educado, sin astucia ni trastiendas creyó su deber dejar que el Congreso gobernara y él organizó un ejército para fijar los límites del Perú frente a Colombia. Esa expedición fue un desastre y él terminó traicionado por su compañero de armas, Gamarra, y desterrado en Costa Rica. Donde murió acompañado por su soberbio caballo, su mascota (un chivo) y sus seis esclavos negros que cargaron el ataúd hasta su tumba.

Antes de morir La Mar, viudo, sin hijos, abandonado en Cartago (Costa Rica), se casó por poder con su sobrina carnal Angela Elizalde, la que nunca lo conoció en el sentido bíblico, por lo cual, al morir, fue amortajada de blanco y con palmas, como a las vírgenes.

En una carta a Vidaurre, respondiéndole a sus insistencias para que asumiera la presidencia, La Mar se autoretrata: "habiendo que hacer bienes para la humanidad.... no tengo capacidad para hacerlo... Es una fatalidad, es un compromiso horrible que se me supongan recursos para encargarme de semejante mando; y no es justo que yo abuse de este error de concepto para perjudicar al Perú, para perjudicarme a mí mismo; es, por fin, la mayor desgracia para mi, que por no pasar por obstinado, cuando no por algo peor, vaya a Lima, como ya me estoy disponiendo, seguro de ir a perder el aprecio que me dispensan algunos hombres honrados, que han penetrado los sentimientos rectos de mi corazón".

En esta limpísima confesión se retrata el alma buena y refinada de un hombre tímido hasta el extremo de parecer depresivo, pero decidido a cumplir con lo que cree es su deber, un deber que se lo imponen.

De José de La Mar y Cortazar hace Jorge Basadre, el más lúcido historiador peruano, esta breve y bella estampa: "La guerra a que se lanzó no tuvo éxito. Sin embargo, al lado de las turbulencias y pecados que después imperaron, su figura, purificada por el infortunio y el destierro, resultó engrandecida. Y su gloria ha quedado sin fervores y sin envidias, sin apasionados ni detractores, gloria pálida que surgiere el respeto y quizá también la piedad". Quién sabe, añado yo, no tanto lo último y sí la lección de pulcritud cívica.

Agustín Gamarra, ambicioso, audaz, inescrupuloso, político con metas definidas, destituye en su cara a su amigo y se hace (no lo hacen) presidente, con base en intrigas, alianzas y traiciones. Pero no está solo don Agustín. A su lado, ordenando, mandando, imponiéndose, está su mujer doña Francisca Zubiaga, hija, según Basadre, de un "comerciante español de origen vizcaino y de una dama cuzqueña". Otros, al padre lo hacen militar, pero más confiable es la opinión de Basadre, que encaja con la principal actividad de los vascos en tierra americana.

Esta, doña Francisca Zubiaga, "La Mariscala", es todo un carácter, que en algo se asemeja, por su imponente personalidad, a Catalina la Grande, pero, por, otro lado, su vida aventurera también tiene similitudes con otra vasca que logró fama en el Perú, doña Catalina de Erauso, la Monja Alférez. Hay con la última tantas semejanzas que los opositores a doña Francisca, feroces odiadores, pusieron en el teatro para denigrarla una pieza titulada "La Monja Alférez". La indirecta era tan directa que el teatro fue clausurado y los empresarios y artistas detenidos.

Pero el tema de estas dos mujeres que comienzan de monjas y terminan vistiendo y actuando como varones de pelo en pecho, es tema largo que merece capítulo aparte.

De la época hasta aquí tocada hay figuras vascas que son señeras de la historia peruana. Entre ellas, otros dos de los vencedores de Junín y Ayacucho que representaron en momentos distintos el ánimo juvenil por la renovación política. El primero fue Felipe Santiago Salaverry, joven, impetuoso, aventurero (a los 14 años estuvo en la guerra emancipadora), quien removió el sentir rebelde del pueblo y lo lanzó a la lucha por un Perú nuevo. Sin embargo, tanto ardor peruanista lo lanzó a enfrentarse a quien aspiraba a reunificar a Bolivia con el Perú. El resultado fue la derrota y su fusilamiento (heroico y romántico) dejó el nombre de Salaverry como símbolo de la renovación nacional. El otro que, poco después, despertó la misma inconformidad de la juventud, fue Manuel Ignacio de Vivanco Iturralde. Aristócrata, elegante, cultivado, su bandera fue "la regeneración", para que el poder lo ocuparan los capaces y los cultos. Fue eco del reformismo juvenil de Salaverry.

En el siglo XX siguen los rastros euskéricos en el Perú y cinco de sus presidentes llevan apellido vasco. Algunos con clara conciencia de su origen, otros no ignorantes de su raíz y uno sin la menor idea de quiénes fueron sus ancestros. Ellos fueron Nicolás de Piérola, a quien le constaba su origen navarro; Augusto B. Leguía, se sabía vasco por Leguía y por Salcedo; Manuel Odría, conocía hasta la cuna de su origen (Azpeitia) y en sus horas de ocio no se separaba de un trío de cantantes vascos; Fernando Belaúnde, no ignoraba sus raíces; y Juan Velasco, al parecer, desconocía su origen.

Se advierte por este resumen de los rastros vascos en el Perú que la emigración ha ido en descenso y, ahora último, no faltan retornos al próspero Euskadi.

Francisco Igartua

Euskonews & Media 196. zbk (2003 / 01 / 24-31)

201

Que jamás haya memoria del traidor

Francisco Igartua

Lope de Aguirre, vilipendiado por muchos y por otros tenido como el primero que proclamó (sin fortuna) la independencia de un Perú que comenzaba en Panamá y concluía en el estrecho de Magallanes, se autorretrata en la insolente carta que le envió al rey Felipe II, el poderosísimo hijo del "invencible" Carlos V, tratándolo de tú. Es la carta de un alucinado que expone las razones de su rebeldía e, indirectamente, responde a sus enemigos.

Al rey Felipe "natural español" se dirigió Lope de Aguirre "natural vascongado", identificándose como "cristiano viejo, de medianos padres, hijodalgo vecino de Oñate", para enrostrarle al rey las crueldades e injusticias de "tus Oidores, Virrey y Gobernador" y para comunicarle que "he salido de hecho, con mis compañeros, de tu obediencia y, desligándonos de nuestras tierras, que es España, hacerte en estas partes la más cruda guerra que nuestras fuerzas pudieran sustentar y sufrir". Explicó porqué mató (generalmente para no ser matado) a zutano, fulano y perencejo, explicando que sus rebelión era por "el maltratamiento que se nos han dado tus autoridades" y porque "tus frailes a ningún indio pobre quieren absolver ni predicar", para concluir firmando: "Lope de Aguirre, el Peregrino, hijo de fieles vasallo en tierra vascongada y rebelde hasta la muerte por tu ingratitud".

Esta dramática carta, en la que no faltan aparentes contradicciones y sarcásticas burlas ("pocos reyes van al infierno porque sois pocos") la escribió Lope de Aguirre en Nueva Valencia a pocas leguas de Barquisimeto donde se produciría la tragedia más espantosa de esos siglos americanos. Allí, el oñatiarra, sitiado por las tropas reales, sin salida, sacrificó a su hija adorada (doña Elvira) para que no fuera "colchón de bellacos" y con la muerta en brazos se adelantó a sus "marañones" ordenándoles disparar contra él sus arcabuces. La cabeza de Lope fue puesta en el rollo y sus restos fueron hechos cuartos y repartidos entre los cuatro puntos cardinales para que "jamás haya memoria del traidor Aguirre". Título de traidor del que él se ufanaba.

Lope de Aguirre: De él dijo Unamuno que era "un desesperado con clara conciencia de su desesperación". Y esa desesperación lo habría conducido a la independencia de América.

Este es el Lope de Aguirre a quien Ignacio Zumalde lo asemeja al Macbeth de Shakespeare al escribir que "Shakespeare ignoró la existencia de este hermano de Macbeth". Y al que Unamuno encuentra doble del Paulo de Tirso de Molina: "Un desesperado con clara conciencia de su desesperación", para luego extrañarse de que se haya perpetuado la memoria de otros desesperados "no más grandes como caracteres" que Lope de Aguirre. La explicación es sencilla. Para la corona española era imperativo se cumpliera la orden real de que "jamás haya memoria" del marañón que, con intención demoniaca, antepuso a su nombre "Yo el traidor" en el documento por el que él y sus compañeros se desnaturalizaban españoles y se lanzaban a reducir el Virreynato del Perú, "igual que los godos conquistaron España". Tampoco los americanos del sur, amigos de las buenas maneras, quisieron tener de precursor a una personalidad tan fuerte, tan violenta, tan cargada de sangre, tan terriblemente intensa. La silenciaron porque no se avenía al suave carácter criollo. A unos los espantó el ejemplo, que podía ser contagioso, y a otros la reciedumbre de la Ira de Dios, como también se ha llamado a Lope de Aguirre por sus crímenes y atrocidades.

Matanzas ciertas que él mismo confiesa en su desafíante carta a Felipe II, pero que no se las puede juzgar con la mentalidad de ahora. Esas atrocidades (que son espantosas a nuestros ojos del siglo XXI) tienen que ser analizadas con los ojos de aquellos siglos y situarlas en tierras de conquista y aventuras como eran aquellas donde ocurren los hechos.

Más todavía: la totalidad de los cronistas que relatan la enloquecida empresa de El Dorado y que lo acusan de tirano y cruel eran más que enemigos suyos, eran suplicantes de la clemencia real, pues todos habían sido seguidores de Lope de Aguirre hasta la Isla Margarita (Venezuela) donde prácticamente concluyen en el fracaso los planes independentistas del "Príncipe de la Libertad", pues de allí sale desesperado a tierra firme, para ilusamente intentar llegar a pie al Perú. Muy cerca del mar, en Barquisimeto, cumplió su ofrecimiento de "rebelde hasta la muerte" que le hizo a Felipe II. Derrota final de la que culpó a la traición de Pedro de Monguía (uno de esos cronistas) a quien Lope, dada la amistad y confianza que se tenían, le encargó capturar el navío artillado en el que viajaba a la isla Fray Francisco de Montesinos, barco con el que Lope planeaba llegar a Panamá, capturarla, reorganizarse y emprender la liberación del Perú. Todos sus planes se basaban en el factor sorpresa y al pasarse Monguía a órdenes de fray Francisco de Montesinos pronto se esparció la noticia de la rebeldía y se pusieron en guardia todas las autoridades reales de Venezuela, Panamá y Santo Domingo.

¡Cómo no iban a agrandar las maldades de Lope de Aguirre quienes habían participado en ellas y que, al llegar a Margarita, advirtieron que el castigo real estaba más cerca que las promesas hechas por Lope en medio de la Amazonía!. Y que agrandan los crímenes estos cronistas de El Dorado está como prueba la descripción que hacen del gobernador Pedro de Ursúa, el primer muerto por Lope de Aguirre en la expedición ("muerte, cierto, bien breve", dice Lope en su carta a Felipe). Esos cronistas colocan a Ursua como contraimagen de Lope de Aguirre. Dicen de Ursua que era un hombre buenmozo (Lope era feo y cojeaba), galante, amigo de la paz y del buen trato con los indios (lo que es falso) y hasta lo ponen como amadamado, viajando lleno de comodidades, con su amante doña Inés de Atienza, y sus damas de compañía. Pero la verdad es que Pedro de Ursua no era distinto a otros conquistadores y soldados de esa época. Por lo pronto, antes de que el virrey, Marques de Cañete, le diera el encargo de conquistar y poblar El Dorado, su fama mayor era la de ser un implacable debelador de sublevaciones indígenas, fama que inició reduciendo a sangre y fuego un alzamiento de negros cimarrones en Panamá, a muchos de los cuales los lanzaba a los perros para que los despedazaran vivos y servir así de amedrentamiento a los que no se habían sublevado.

Lope de Aguirre, al contrario, era crítico del tratamiento que se les daba a indígenas y negros y sus muertos son conquistadores como él, con quienes entraba en conflicto; algunas veces porque se estaban confabulando para matarlo a él y otras muchas precautoramente sólo por sospechas o fútiles razones. El único acto de inclemencia con los indios que lo acompañaban en la expedición es cuando, en la desembocadura del río Marañón (hoy Amazonas), decidió dejarlos porque era imposible hacerse a la mar con ellos. Los dejó en un poblado amazónico cuyos habitantes habían hecho buena amistad con los expedicionarios, abasteciéndolos de comida y agua y ayudándoles a reparar y adecuar sus frágiles navíos para llegar a la isla Margarita en el Caribe venezolano.

Pero, retrocedamos al inicio de la expedición a El Dorado, esa mítica leyenda que situaba en la amazonía una región donde el oro, la plata y las piedras preciosas abundaban como las arenas en las orillas del mar. Por esos mundos se había internado pocos años antes Francisco de Orellana, el primer occidental que navegó el Marañón o Amazonas, recogiendo al paso variados informes sobre el fabuloso Dorado.

Para la conquista de esa fábula esparcida por Orellana se organizó en 1559 una expedición capitaneada por Pedro de Ursua, euskaldun del Baztan, quien había logrado órdenes del Virrey Marques de Cañete para colonizar esas tierras y sumarlas a los territorios de la corona española. Era una empresa gigantesca para la época y a ella se incorporaron soldados sin fortuna (entre otros Lope de Aguirre) y muchos aventureros en pos de oro.

La expedición partió de Moyobamba, pueblo amazónico del Perú, donde se había montado un astillero en el que se construyeron los navíos que recorrerían el Marañón en busca de El Dorado. Los expedicionarios, junto a los guías y a servidores indios y negros se embarcaron en los bergantines que no se quebraron al ser lanzados al río. A don Pedro de Ursua lo acompañaba la bella doña Ines, y a Lope de Aguirre su hija, doña Elvira, todavía una niña, con dos amas, una mestiza y otra vascongada. Los caballos y otros animales fueron colocados en chatas con las que reemplazaron a los navíos quebrados.

Se inició así esta trágica odisea que estremecería de espanto a los pobladores americanos de la época. Fueron meses de angustias, hambres y zozobras sin cuento en busca de un El Dorado que no se encontraba por ninguna parte. De vez en cuando alguna pepa de oro o rastros del paso de Orellana por tan inhóspitos parajes abría el apetito de oro de los expedicionarios, muchas veces hostilizados por los indios en represalia por las atrocidades que los buscadores de El Dorado cometían contra ellos.

En esos primeros tiempos Lope de Aguirre no se dejaba sentir, pero iba rumiando su particularísimo objetivo: La conquista de El Dorado era ilusión, aire, nebulosa. Lo concreto era el Perú, El Dorado estaba en La Ciudad de los Reyes y en el Cuzco y no entre esas aguas y selvas como océanos.

Poco a poco había ido convenciendo a muchos y era hora de cambiar de meta. El inconveniente era el gobernador real, don Pedro de Ursua, que daba constantes demostraciones de lealtad a la corona.

Nada ni nadie pudieron defender a Ursua, ni siquiera la temerosa renuencia de su maese de campo, don Fernando de Guzmán, a participar en la conjura que Lope y los suyos llevaron hasta su fin por mano del renuente. Pero muerto el gobernador, Aguirre hizo general a su cómplice Guzmán, quedando él de maese de campo. Sin embargo, hasta entonces nada decía de sus planes de abandonar la empresa de El Dorado y tomar el camino de retorno al Perú. Sólo tiempo después, al retomar el cargo de maese de campo, del que había sido separado por Guzmán, Lope planteó claramente su propósito. "Extrañamente deseaba ir sobre el Perú para le tiranizar y apoderarse dél", escribe uno de sus cronistas.

De aquí en adelante transcurren los más dramáticos episodios de esta odisea que concluye trágicamente en Barquisimeto, con la muerte de la joven doña Elvira por mano de su padre y los restos del "asombroso demonio" repartidos por los cuatro puntos cardinales para que "jamás haya memoria del traidor Lope de Aguirre".

Euskonews & Media 201. zbk (2003/ 02-28 / 03-07)

205

La Mariscala

Francisco Igartua

En una crónica sobre las presidentas del Perú se lee en la introducción: "Por esos días (1803), un pequeño cortejo formado por una pareja matrimonial y sus servidores, recorría a caballo la enorme distancia que separa el mar de la ciudad imperial de los Incas. La pareja estaba constituida por un joven y gallardo español, vasco por añadidura, que se llamaba don Antonio de Zubiaga, hidalgo de vieja estirpe guipuzcoana, cumplido caballero y hombre bondadoso y tolerante, no exento, sin embargo, de la firme arrogancia de su raza...." . En ese trayecto, doña Antonia Bernales ("mujer de carácter fuerte, altiva y orgullosa de sus pergaminos") dio a luz a la que sería futura presidenta del Perú con el mote de "La Maríscala" (Francisca de Zubiaga) quien entraría a la historia como réplica de la donostiarra Catalina de Erauso, conocida por "La monja alférez", y como émula (relativamente) de Catalina, emperatriz de Rusia, pues tuvo igual que ellas una vida aventurera y novelesca y lo mismo que ellas trató de tu a tu a los hombres de armas que se le cruzaron en el camino.

La similitud con Catalina de Erauso era tan grande que, en una oportunidad, sus enemigos políticos trataron de "dañar su reputación" anunciando el estreno teatral de una obra titulada "La Monja Alférez". Demás está añadir que el teatro fue clausurado y nadie pudo escuchar los textos de la ingeniosa manera como los adversarios de "La Maríscala" quisieron criticarla.

Doña Francisca de Zubiaga fue, como la Erauso, mujer de armas tomar, "por algo (decían algunos de sus contemporáneos) las dos tenían los mismos genes",,, Pero no nos apresuremos en el relato de la vida de esta hija de aquel caballero guipuzcoano en el que resaltaba "la firme arrogancia de su raza".

Convento de Santa Catalina en Arequipa. Las monjas (que fue su primera vocación) ayudaron a Doña Pancha a escapar de esa ciudad, tomada por sus enemigos, y llegar a Lima, donde la esperaban para deportarla a Chile, donde murió poco después.

De ese nacimiento apresurado, casi a caballo, pasó la futura "Maríscala" a la ciudad del Cuzco donde creció en la amplia casa de sus padres, hasta que el guipuzcoano Antonio de Zubiaga se traslada a Lima, capital del virreynato, y donde Francisca y sus hermanas Antonia y Manuela, ingresan al colegio de las monjas del Convento de Santa Teresa. Allí fiel, sin saberlo, a su modelo donostiarra, Francisca se deja llevar por la mística y exige a sus padres que le den permiso para ser monja. Y lo logra. Sin embargo, duraría poco su misticismo, que, si para algo le sirvió, fue para dominar su cuerpo a punta de cilicios y otras disciplinar. Lo que le serviría más tarde para soportar como un soldado las inclemencias y penurias de las acciones militares en las que participó, ganándose el mote que la identifica.

La mocedad de doña Francisca de Zubiaga transcurre en los años previos a la independencia del Perú y al establecimiento de la República, años en los que el cuzqueño, también de origen vasco, Agustín Gamarra, era teniente coronel del ejército español y quien, bajo las órdenes de los famosos jefes Goyeneche, Pezuela y La Serna, había participado en las acciones de armas en las que los realistas derrotaron a las huestes patriotas del Alto Perú (hoy Bolivia) y vencido al levantisco Mateo Pumacahua. Pero decepcionado de la conducta realista hacia él, en 1821 decidió Gamarra presentarse ante el Libertador San Martín, que acababa de declarar la independencia peruana, y quedó al servicio de la causa libertadora. Poco después llegaría al Perú Simón Bolívar y sobre él pusieron la mirada Francisca Zubiaga y el ya general Agustín Gamarra; él deslumbrado por la personalidad del Libertador y ella, calculando su propio destino, observando las deferencias de Bolívar para con Gamarra. Doña Francisca tenía apenas 20 años, pero de inmediato entendió que su porvenir estaba en ese matrimonio. No importaba que Gamarra fuera bastante mayor que ella y viudo con hijos. Era Gamarra, además, hombre de buena presencia, educado y fino..... Y doña Francisca no esperó el regreso de su padre (que había viajado a España) para comprometerse con ese general favorito de Bolívar. Selló así su destino.

Poco después de la batalla de Ayacucho, con la que culminó la independencia americana y en la que Gamarra tuvo destacada actuación como jefe del Estado Mayor General, con el beneplácito del hogar Zubiaga Bernales, se celebró en el Cuzco la boda de la joven Francisca con el general Agustín Gamarra, nombrado por Bolívar su representante en esa ciudad.

Los cronistas de la época la describen como hermosa y tremendamente seductora. Cualidades que puso al servicio de las ambiciones de su marido (ya mariscal) y de las suyas propias. Desde el desposorio fue tejiendo las redes de su tela y con ocasión de la visita de Bolívar al Cuzco, poco después de la boda, fue ella quien coronó al Libertador con la joya de oro tachonada de diamantes que le obsequiaba la ciudad al Libertador; pero Bolívar se quitó la corona y la puso en la cabeza de la bella Francisca, quien la lució esa misma noche en el sarao de gala, fastuosa fiesta que concluyó devolviéndole ella la corona a Bolívar.

Pero no sólo su irresistible seducción en los salones puso a doña Francisca al servicio de sus ambiciones. También, y quien sabe sobre todo, usó su energía vital para rivalizar con Catalina de Erauso entrando en las batallas militares del mariscal su marido, transformándose por su valor y denuedo en Doña Pancha "La Maríscala".

Doña Francisca Zubiaga (La Mariscala), asistía a todos los combates de las guerras republicanas antes de ser presidenta del Perú " para acostumbrarme al fuego de las armas y las fatigas de los soldados". Cuando llegó al poder su marido (Gamarra) dirigió ella importantes asuntos de estado, entre otros los militares

Vistiendo el uniforme de húsar y una fusta en la mano se convierte en mujer-soldado, en heroica Capitana, reviviendo la figura de la Monja Alférez (esta vez republicana), también pendenciera y ruda como aquella donostiarra que escribió con la punta de la espada sus resonantes aventuras peruleras en el siglo XVI.

Las intrigas de "La Maríscala" y las arremetidas militares de Gamarra, de los que ella no está ausente, logran que el Congreso, atemorizado, proclame a éste presidente de la nación. "Doña Pancha -comenta uno de sus biógrafos- se había salido con la suya. Era la presidenta del Perú. ¡Y qué presidenta! La única que lo sería de veras y más allá de lo tolerado".

Se dice que sufría de una neurosis próxima a la epilepsia, que la llevaba a arrebatos de furia, como la que se cuenta descargó en un pobre oficialillo que tuvo la imprudente ligereza de comentar entre amigos, dándose tono, que había tenido una aventura amorosa con la bella "Maríscala".

Llegó el cuento a oídos de ésta y de inmediato convocó doña Pancha a los amigos del oficial, a los que conminó a decir la verdad. Y sí: eso había dicho el "procesado", quien tuvo que hacerse presente en Palacio de Gobierno a la hora de la comida al día siguiente.

Vista de Callao, puerto de Lima, con la fortaleza del Real Felipe al fondo y los barcos en primer plano. En este lugar, a bordo del Rusthon y el Henriette, se realizaron las dos entrevistas entre La Mariscala y Flora Tristán, quien encontró en Doña Pancha el personaje más fuerte y brillante que conoció en el Perú

"La Maríscala" lo recibió con mucha cortesía y lo invitó a su mesa donde se hallaban los dos o tres compañeros de armas del oficial. Al término de la comida "La Maríscala", suavemente, le dijo el "procesado", quien no sospechaba el porqué de su presencia en la mesa:

"¿Con qué usted ha hecho rodar la especie de que yo he sido su amante?. Estos señores (los compañeros de armas del "procesado") me lo han dicho. Si es falso lo que ellos afirman, usted y yo los vamos a castigar ahora mismo; pero, si es cierto, ellos y yo lo castigaremos a usted."

El pobre oficialillo no supo qué contestar y Doña Pancha confirmó que él era el responsable del rumor. Hizo que dos esclavos negros desnudaran la espalda del maledicente y lo azoto sin piedad con su fusta inseparable.

Paul Gauguin, el famoso impresionista francés, vivió su niñez en Lima. Era nieto de Flora Tristán, autora de la más precisa descripción de la personalidad altiva y cautivadora de Doña Francisca Zubiaga de Gamarra, la mujer que opacó al primer presidente peruano, su marido.

En otra ocasión, al enterarse que un cuartel se había sublevado, se vistió con su uniforme militar y se presentó de inmediato ante los amotinados y dando dos fustazos sobre una mesa los miró desafiante y dijo: "¿Cholos, ustedes contra mi?" . La respuesta fue un gran desconcierto primero y luego estalló el entusiasmo y el fervor por "La Maríscala".

Este personaje de novela no podía dejar de estar salpicado de tragedia. En la infecunda y feroz lucha por el poder que significó esa etapa de la vida peruana, a doña Francisca, doña Pancha o simplemente "La Maríscala" le llegó la hora de la derrota y el abandono de su marido. En esas circunstancias, ya en el barco que la llevaría al destierro y a la muerte, la visitó Flora Tristán, la célebre socialista y feminista francesa, abuela del también célebre pintor Paul Gauginy sobrina del hechizo último virrey del Perú don Pio Tristán, a quien ella había ido a visitar.

Así describeFlora Tristán a Francisca de Zubiaga en su libro "Peregrinaciones de una Paria" :

"Como Napoleón, todo el imperio de su hermosura estaba en su mirada. ¡Cuánto orgullo! ¡cuánto atrevimiento! ¡cuánta penetración! ¡con qué ascendiente irresistible imponía respeto, arrastraba voluntades y cautivaba la admiración! A quien Dios concede esa mirada no necesita de la palabra para gobernar a sus semejantes. Posee un poder de persuasión que se soporta y no se discute".

Euskonews & Media 205. zbk (2003 / 03-28 / 04-04)

miércoles, 26 de octubre de 2011

1612

Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu de Lima

Las hermandades y cofradías en el Perú virreinal no han sido objeto de un especial interés de parte de los historiadores. Si bien el tema ha sido tratado por diversos autores en líneas generales, o en el marco de obras de carácter más amplio -siendo el caso más destacado el del P. Rubén Vargas Ugarte S.J.[1], no son muchas las cofradías estudiadas de modo específico. En este sentido, son de destacar algunas aproximaciones a las cofradías en su conjunto en el Perú virreinal, como la de Olinda Celestino y Albert Meyers, referida a esas corporaciones en los Andes centrales[2]; si bien su tema específico de estudio es el de las cofradías indígenas, ofrecen una visión amplia y clara del devenir de las cofradías en general. Debe citarse también la obra –más reciente- de Beatriz Garland Ponce[3], al igual que el trabajo de Jesús Paniagua Pérez sobre las cofradías limeñas de San Eloy y de la Misericordia[4], y dos contribuciones recién aparecidas: el artículo de Diego Lévano Medina, en el que ofrece una visión de conjunto de las cofradías limeñas en el siglo XVII[5], y el trabajo de Ciro Corilla Melchor, en el que estudia las cofradías limeñas desde la perspectiva de los conflictos étnicos[6]. En el caso de la Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu, dos autores la han estudiado con cierto detalle: Guillermo Lohmann Villena[7] y Elisa Luque Alcaide[8]. La documentación de las hermandades y cofradías limeñas se encuentra en el Archivo de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima, entidad que pasó a administrar todos los bienes de esas instituciones por disposición de un Decreto Supremo expedido en 1865 por el presidente Mariano Ignacio Prado[9].

Los orígenes de la Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu

En los inicios del siglo XVII era ya importante el número de vascos residentes en Lima, y muchos de ellos formaban parte del sector más representativo y poderoso de los comerciantes que desarrollaban sus labores en la capital del virreinato peruano. Se sabe que desde los primeros años de esa centuria un grupo de vizcaínos solía reunirse en el convento de San Agustín, con el propósito de dar forma a una hermandad que los agrupara, lo cual en realidad ocurrió años después. Sin embargo, ya en la segunda década de ese siglo, y específicamente el 13 de febrero de 1612, se dio un paso más firme en la misma dirección, al reunirse un grupo de “caballeros hijosdalgo de la nación vascongada” con el fin de otorgar poder ante notario a seis coterráneos suyos para que en su representación adquiriesen la capilla de la Encarnación de Nuestra Señora y Anunciación de Nuestro Señor, situada en la iglesia de San Francisco. Los poderdantes se comprometieron, en el mismo instrumento, a reunir en conjunto la suma de 10,000 pesos con el fin de concluir la mencionada compraventa[10]. La operación comprendía también la cripta, para la realización de los enterramientos de los miembros de la Hermandad y de sus descendientes[11]. Al año siguiente se dispuso la designación de una comisión que redactara los estatutos de la naciente corporación, aunque lo cierto es que las constituciones definitivas se concluyeron muchos años después, en 1635[12].

Fue lento el proceso de organización de la Hermandad limeña de Nuestra Señora de Aránzazu. Por ejemplo, tan solo en 1619 se realizó la primera elección de mayordomos, y al año siguiente se extendió formalmente el documento que reconocía a la Hermandad como titular de la capilla adquirida en 1612 en la iglesia de San Francisco, y que tenía por advocación el Santo Cristo y Nuestra Señora de Aránzazu[13].

Las constituciones han sido publicadas por Guillermo Lohmann Villena[14], especificándose en ellas, en primer lugar, que estaría conformada la corporación por los residentes en Lima que fueran naturales de Vizcaya y de Guipúzcoa, al igual que sus descendientes, así como los oriundos de Alava, de Navarra y de las “cuatro villas”: Laredo, Castro Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera. Se estableció como misión primordial de la Hermandad la de

“ejercitar entre sí y con los de su nación obras de misericordia y caridad cristiana así en vida como en muerte”.

Se establecía el derecho de ser enterrados en la referida capilla para todos los naturales de los mencionados lugares, así como para sus viudas —salvo que hubieren contraído segundas nupcias con alguien que no fuera miembro de la Hermandad- y sus descendientes, advirtiéndose en este último caso que se excluía a toda persona que estuviese “manchada o infamada de judío o moro penitenciado por el Santo Oficio ni casado con mulata india o negra o que tenga algún oficio infame”.

En las mismas constituciones se reitera que el principal fin de la Hermandad es el de “ejercitarse en las obras de piedad y misericordia, principalmente con los hermanos de ella”, siendo tales obras las visitas a los enfermos de la Hermandad, y en general a los enfermos pobres, en especial los forasteros y “chapetones”; visitar las cárceles e interesarse por la presencia allí de presos de la Hermandad u originarios de las provincias vasco-navarras; procurar estar enterados de la llegada a Lima de chapetones provenientes “de las naciones de la dicha hermandad”, con el fin de ayudarlos si así lo requirieran.

Además, las constituciones establecieron con claridad que la Hermandad debía estar perpetuamente eximida de la jurisdicción “de cualquier ordinario secular o eclesiástico regular o clerical”, sin que los arzobispos o los superiores de la orden franciscana pudieran “introducirse a pedir razón o cuenta de las obras pías de ella o del gasto de las rentas y limosnas”. Sin embargo, ya Elisa Luque Alcaide ha hecho notar que una circunstancia que pareció ir en detrimento de la referida exención de jurisdicción es la de la presencia del guardián del convento franciscano en las juntas generales de la Hermandad, aunque sin derecho a voto[15].

La iglesia de San Francisco, en la que tenía su sede la Hermandad, llegó a albergar nueve cofradías, a pesar de estar establecido que una iglesia podía alojar un máximo de seis[16].

En años recientes se han publicado -como ya hemos señalado- dos trabajos referidos de manera específica a la Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu de Lima: el primero, de Guillermo Lohmann Villena[17], constituye un detenido estudio de las circunstancias de la fundación y primer desarrollo de esta confraternidad, incluyéndose la publicación -ya mencionada- de sus constituciones, al igual que un interesante recuento de las vicisitudes por las que pasó la capilla de la Hermandad en la iglesia de San Francisco de Lima, fundamentalmente a causa de los terremotos que asolaron la ciudad de los Reyes. El otro es el de Elisa Luque Alcaide[18], que constituye una reflexión comparativa entre las confraternidades limeña y novohispana, con especial referencia a la proyección y vigencia social de ambas instituciones. En este sentido, además de señalar que los vascos en Lima constituían “el núcleo más fuerte de los comerciantes de la ciudad”, la misma autora plantea la hipótesis de que los miembros de la hermandad limeña estuvieron más fuertemente enraizados en la sociedad virreinal que sus pares novohispanos, dado que estos últimos incorporaban entre sus festividades las correspondientes a los patronos de los territorios vasco-navarros, mientras que los hermanos de Lima tan solo contemplaban la devoción a la Virgen de Aránzazu y al Santo Cristo[19].

La Hermandad y sus integrantes en la Lima del siglo XVIII

Fue el siglo XVIII el tiempo en el que numerosos miembros de la Hermandad de Aránzazu tuvieron un papel de especial gravitación en la sociedad y en la economía peruanas. No olvidemos que las reformas borbónicas supusieron notables cambios en la economía y el comercio, los cuales fueron especialmente importantes en el Perú. Sin embargo, si bien tradicionalmente se ha señalado que dichas reformas trajeron consigo tiempos de crisis para la elite mercantil limeña, lo cierto es que recientes investigaciones están demostrando que en la segunda mitad de la referida centuria siguió siendo muy grande la capacidad de construir fortunas entre los comerciantes afincados en Lima, a pesar de que esta ciudad había perdido su lugar como centro de la distribución mercantil en la América del Sur. Tal como afirma Cristina Mazzeo, en virtud del “libre comercio” —que no significó una libertad total- Lima perdió el monopolio de algunas vías y territorios, pero no perdió poder económico. La elite mercantil limeña centró su interés en nuevas actividades, tales como la exportación de productos no tradicionales, la importación de esclavos y los negocios financieros[20].

De hecho, es claro que durante el siglo XVIII se produjo la llegada de un importante número de comerciantes vascos y navarros que se afincaron en Lima, y que fueron protagonistas centrales de la vida económica en la capital virreinal[21]. Alberto Flores Galindo elaboró una relación de los “principales personajes de la clase alta limeña” en las décadas finales del siglo XVIII hasta la Independencia, constando dicha relación de cincuenta nombres[22]. Analizando esa información, César Pacheco Vélez llega a la conclusión de que veintidós de ellos eran limeños, uno procedía de Ayacucho, otro de Trujillo y los veintiséis restantes eran peninsulares, llegados en su mayoría al Perú después de 1750. Y de esos veintiséis peninsulares, quince eran vascos o navarros. Pero además había otros hijos de vascos o navarros nacidos ya en el Perú[23]. Guillermo Lohmann Villena ha mostrado precisamente atención en el grupo de comerciantes vascos que actuó en Lima en la segunda mitad del siglo XVIII:

“La acción de los hombres de empresa vascongados en el Perú se recorta con perfiles tan nítidos durante la segunda mitad del siglo XVIII que su magnitud sólo cabe medirla proyectándola como la secuela, dentro del sector económico, del rumbo trazado por sus predecesores atraídos por el llamado del destino transatlántico. La divisa de unos y otros pudiera haber sido el viejísimo Plus Ultra, un más allá promotor constante del ímpetu expansivo que desde tiempos inmemoriales late en las venas de los individuos de esa raza”[24].

Si bien numerosos miembros de la Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu se contaron entre los más importantes comerciantes y empresarios de Lima, es de notar que su prestigio social fue variado. Interesante en este sentido es el caso del navarro Martín de Osambela, nacido en la modesta localidad de Huici en 1754 y quien trasladado al Perú logró construir una gran fortuna, precisamente en el contexto de la vigencia del “libre comercio”. Ahora bien: su fortuna fue muy importante, y él mismo logró ascender socialmente de modo muy notable, pero sin llegar a las esferas más altas, probablemente por no haber contraído nupcias con alguna integrante de una gran familia criolla[25].

Es interesante en este sentido lo afirmado por Paul Rizo-Patrón, quien si bien señala que fueron los que integraron la inmigración vasco-navarra quienes más destacaron en las actividades mercantiles limeñas en el siglo XVIII, no todos llegaron a alcanzar el éxito pleno: bien fuera por falta de habilidad; o porque se dedicaron en exclusiva a las actividades económicas sin preocuparse por su vigencia social; o porque no lograron la suficiente bonanza económica o las necesarias vinculaciones sociales para ascender[26].

Un caso más notable es el representado por la familia Querejazu, cuyos miembros pertenecieron a la Hermandad, constituyéndose en una de las familias más poderosas en la segunda mitad del siglo XVIII, siendo su principal representante Antonio Hermenegildo de Querejazu y Mollinedo, quien llegó a ser el oidor más antiguo de la Audiencia de Lima, y caballero de la Orden de Santiago, además de dueño de una de las más importantes fortunas de entonces. El había nacido en el Perú, y fue hijo de un peninsular afincado en el virreinato en la primera mitad de ese siglo, Antonio de Querejazu y Uriarte, natural de Mondragón, en Guipúzcoa, quien llegó a ser mayordomo de la Hermandad[27]. Obviamente, este último logró tal posición por su relevancia en la sociedad limeña de entonces: fue caballero de Santiago, gobernador de Quijos y Macas y prior del Tribunal del Consulado de Lima, y casó en 1706 con la limeña Juana Agustina de Mollinedo y Azaña, sobrina del célebre obispo del Cuzco Manuel de Mollinedo y Angulo, reconstructor de esa ciudad tras el terremoto de 1650[28].

En la documentación que se conserva de la Hermandad, Antonio de Querejazu y Urriarte figura por primera vez en un dato referido a 1704. En efecto, en el cabildo realizado el 3 de mayo de ese año, se presenta una relación de las personas que ofrecieron limosna para el retablo de Nuestra Señora de Aránzazu. Allí aparecen conjuntamente Mateo y Antonio de Querejazu aportando 100 pesos, habiendo solo cinco personas con aportes mayores, siendo las sumas más altas las ofrecidas por los mayordomos de la Hermandad, Pedro de Ulaortua y Juan Bautista de Palacios[29]. Al año siguiente, y de acuerdo con la “Razón de los señores hermanos que han mandado limosna para el retablo de Nuestra Señora de Aránzazu este año de 1705”[30], Antonio de Querejazu vuelve a aportar 100 pesos, siendo en este caso el hermano que ofreció la suma más alta.

Desde entonces Antonio de Querejazu intentó ser elegido mayordomo de la Hermandad, pero lo logró tan solo en el cabildo de 3 de mayo de 1713, cuando alcanzó tal cargo junto con el ya mencionado —y en este caso reelegido- Juan Bautista de Palacios, quien por entonces ya era Teniente General de la Caballería. Ya en años anteriores había sido Querejazu diputado de la Hermandad[31].

En el registro de los entierros efectuados en la bóveda de la capilla de Nuestra Señora de Aránzazu, figuran los de varios miembros de esa importante familia. Así, el 3 de enero de 1761 fue enterrado Tomás de Querejazu, caballero de la Orden de Santiago y canónigo de la catedral de Lima[32]. En junio de 1772 se enterró Juana de Querejazu, condesa de San Juan de Lurigancho, hija del mencionado Antonio Hermenegildo[33]. En febrero de 1775 fue enterrada la esposa de éste, Josefa de Santiago-Concha y Errazquin, y el 18 de enero de 1792 se hizo lo propio con el mismo Antonio Hermenegildo. El 14 de diciembre de 1797 fue enterrado José de Querejazu y Santiago-Concha, Conde de San Pascual Bailón, e hijo del anterior[34].

Si bien no es abundante la documentación conservada en nuestros días con respecto a la Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu, algunos datos son reveladores de lo que fue la vida de la corporación. Como ejemplo podemos mencionar el de las necesidades materiales referidas al cotidiano funcionamiento de la capilla de la Hermandad en la iglesia de San Francisco, y específicamente el hecho de la presencia -acreditada en diversos periodos- de un negro esclavo dedicado a servir a la capilla. Así, por ejemplo, por medio de un recibo fechado el 24 de julio de 1743 sabemos de la compra de un negro llamado José Vicente, operación que fue efectuada por quienes entonces eran mayordomos de la Hermandad: José de Arescurenaga y Pablo de la Urrunaga. Dicho esclavo tenía 18 años de edad, y fue comprado en 300 pesos, luego de venderse por 350 al que anteriormente se habla tenido. Ahora bien: los esclavos que servían a la Hermandad no eran siempre adquiridos a título oneroso. Algunas décadas antes, por ejemplo, la Hermandad había recibido un esclavo a través de una cláusula testamentaría, efectuada por el capitán Antonio de Monasterio Guren, el cual dejó a dicho negro -llamado Antonio Mina- “para que sirviese a la capilla de Nuestra Señora después que hubiese servido cinco años a doña Isidora Blanco Rejón, viuda del dicho Monasterio Guren”. El hecho de establecerse unos años previos a la recepción del esclavo por parte de la Hermandad suscitó un grave problema: aquel terminó en manos del general Juan Bautista de la Rigada, quien se negó a entregarlo a la Hermandad. Ante esa circunstancia, la corporación demandó a dicho general ante el Juzgado de la Guerra, concluyendo favorablemente la causa, con el decreto final de 25 de febrero de 1699, proveído y rubricado por el auditor general de la Guerra, que por entonces lo era el oidor Antonio Pallares y Espinosa[35].

La devoción limeña a la Virgen de Aránzazu

En cuanto a las fiestas celebradas en honor de la Virgen de Aránzazu, el P. Benjamín Gento Sanz afirma lo siguiente:

“La colonia vascongada, rica y próspera en la época colonial, era también generosa en extremo, al manifestar su religiosidad con la Virgen de su devoción, bajo la advocación de Aránzazu o del Espino —que esto significa la palabra vasca Aránzazu: sobre el espino- que tantos recuerdos les traía de sus lejanas montañas (...). Las fiestas que celebraban a la Virgen de Aránzazu eran suntuosas, y las preseas y alhajas de su culto, numerosas, ricas y abundantes”[36].

Pero es mucho más ilustrativa la reseña que hace un coetáneo, Fray Diego de Córdova y Salinas, de un acontecimiento muy concreto: el recibimiento y la colocación, en la capilla de la Hermandad limeña, de la imagen de Nuestra Señora de Aránzazu, en 1646.

He aquí el relato:

“Fue recibida la forastera divina en Lima con gran pompa y alegría de sus vecinos, haciéndose pedazos las campanas de todas las iglesias en señal de su gozo. Colocada la santa imagen en sus andas de un montón distinto de inmensa riqueza de diamantes, que en lo brillante poco le debían al sol, salió triunfante en hombros de sacerdotes de la Catedral a la plaza mayor, debajo de palio, como Reina y Señora que es de cielo y tierra, despidiendo rayos de gloría de su soberano rostro, que daban vida a cuantos con devoción la miraban. Llevaba por lucido acompañamiento a todo lo noble y común de la ciudad, Virrey, Audiencia Real, Cabildos y Religiones. Pasó la procesión con pompa y aparato, luces, músicas y danzas, las calles y sus balcones adornados de sedas y ricas telas, a la casa del serafín llagado, Francisco, donde el siguiente día, diez y ocho de octubre de mil y seiscientos y cuarenta y seis años, con el mismo aplauso, fiesta, música, Virrey y Tribunales, suspiros y lágrimas de gozo, y alegría de innumerable pueblo convenido, fue colocada la santa imagen en su espino (divina rosa entre espinas) dentro de un nicho de gallardo fondo, a cuya majestad corren dos cortinas de labor costosa”[37].

Fueron notables y continuas las contribuciones de los miembros de la Hermandad para sufragar los gastos que acarreaban las fiestas y todo lo que se dirigía a la veneración de la Virgen de Aránzazu. Por ejemplo, en los años iniciales del siglo XVIII fueron frecuentes las ya mencionadas limosnas para la construcción del retablo de la capilla de la Hermandad. No siendo suficientes las limosnas que se recogían, en ocasiones los propios miembros prestaban dinero a la corporación. Ocurrió eso con los capitanes Pedro de Ulaortua -que llegó a ser prior del Tribunal del Consulado- y Juan Bautista de Palacios, quienes fueron -como ya se ha señalado anteriormente- mayordomos de la Hermandad en los primeros años del siglo XVIII. Según los documentos que acreditan las cuentas, en 1704 la corporación debía a ambos 15,133 pesos, los cuales

“remiten y perdonan a la dicha Hermandad cada uno por su parte y por todos los dichos hermanos se les admitió la remisión y les dieron las debidas gracias así por este servicio que hacen a la Virgen Santísima de Aránzazu como por lo bien que lo han hecho y lo están haciendo en la continuación de sus fiestas y demás gastos que se ofrecen a la dicha Hermandad”[38].

La bóveda sepulcral de la capilla de la Hermandad

Ya nos hemos referido al derecho de los hermanos de esta corporación, así como de sus parientes, de enterrarse en la bóveda de la capilla de la iglesia de San Francisco. Un libro conservado en el Archivo de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima da cuenta de los hermanos que se enterraron en la referida capilla desde fines del siglo XVII[39].

En el siglo siguiente, las ideas de la Ilustración inspiraron las nuevas políticas con respecto a los enterramientos: se buscaba mejorar la salud pública, que se veía perjudicada por el hedor que emanaban las fosas en las que se enterraba a los difuntos en las ciudades. Por eso, se pensó que la solución pasaba por crear cementerios fuera de los centros urbanos, para que los muertos dejaran de envenenar a los vivos[40]. Así, desde 1808, tras la inauguración del Cementerio General de Lima, se estableció que todas las iglesias clausuraran sus bóvedas, sepulturas, osarios y todos los lugares donde hubiera entierros. Es de destacar que las autoridades hicieron especial mención de la iglesia de San Francisco en este sentido. Se deseaba -según un texto de la época- que “no sean más nuestros templos y hospitales los palacios de la muerte. En el Santuario del Dios Vivo solo se sientan el olor agradable del incienso; y el del bálsamo salutífero en las cosas de piedad”[41].

Debemos suponer que hubo una especial preocupación de las autoridades por la situación de la iglesia de San Francisco en lo referido a los enterramientos. En efecto, consta que la prohibición de efectuar entierros en ese templo se había dado ya en 1804. En ese año los religiosos franciscanos construyeron un panteón junto a la Casa de Ejercicios de la Tercera Orden, efectuándose su apertura el 23 de septiembre, y desde ese día

“se impidió todo entierro en la iglesia de San Francisco por las superiores órdenes del Excmo. Sr. Virrey D. Gabriel de Avilés y el Arzobispo el Excmo. e Iltmo. Sr. D. Juan Domingo González de la Reguera, de la Gran Cruz de Carlos III. Con este motivo se han cerrado todas las bóvedas y aunque queda abierta la de la Hermandad de Aránzazu, se ha prohibido todo entierro, y ha asignado el R. P. Guardián dieciséis nichos en el panteón para los que tenían derecho a la bóveda (...)”[42].

Es decir, se prohibieron los enterramientos en la iglesia de San Francisco cuatro años antes de la prohibición general de efectuar entierros en los templos. Pero la clausura de la bóveda se produjo en 1808, a raíz de la inauguración del Cementerio General. Dicha clausura es relatada con detalle en uno de los libros de la Hermandad:

“Por el Reglamento Provisional que se imprimió y está la copia en el Archivo de Aránzazu, se mandó por los dos referidos jefes[43] que todas las iglesias de esta capital empezasen a cerrar sus bóvedas, sepulturas, osarios, y demás lugares de entierro, desde el día inmediato a la bendición y apertura del camposanto, y lo verificasen en el término de quince días contados desde primero de junio próximo, inhabilitando los enterratorios de modo que no vuelvan a servir, ni quede señal de su entrada con lápida sepulcral, ni cosa que lo denote”[44].

Siguiendo tales disposiciones, los mayordomos de la Hermandad retiraron una lápida de bronce que tenía allí más de un siglo -se había instalado en 1693-, en la cual aparecía la siguiente inscripción: “Aquí yacen los muy nobles y muy leales hijos y descendientes de la Provincia de Cantabria”. Lo interesante es que en el mismo documento se señalan una serie de precisas instrucciones para quienes en el futuro quisieran reabrir la bóveda, concluyéndose del siguiente modo: “Esta explicación y noticia se pone aquí para los venideros (...); en caso necesario es fácil quitarla y dar entrada a la bóveda”[45]. Todo indica, en efecto, que la clausura de la bóveda sepulcral de la capilla de la Hermandad se realizó con gran pesar por los miembros de la misma, quienes de algún modo mostraron su deseo de que en el futuro pudiera ser reabierta. Dicho pesar puede percibirse en la documentación de la Hermandad, al aludirse a los nichos que se reservaron en el Cementerio General:

“Para reparar en algún modo la falta de la bóveda de Aránzazu en su capilla, se han tomado en el camposanto (...) nichos que están distinguidos con la inscripción de pertenecer a la Ilustre Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu”[46].

Doctor José de la Puente Brunke

Pontificia Universidad Católica

Notas

[1] Véase, entre otras, su Historia de la Iglesia en el Perú. Burgos-Lima, 1953-1962, 5 vols.; y su Historia del culto de María en Iberoamérica y de sus imágenes y santuarios más celebrados. Buenos Aires, 1947 (segunda edición).

[2] Celestino, Olinda y Albert Meyers: Las cofradías en el Perú: región central. Frankfurt, Vervuert, 1981.

[3] Garland Ponce, Beatriz: “Las cofradías en Lima durante la colonia. Una primera aproximación”. En: Ramos, Gabriela (compiladora): La venida del reino. Religión, evangelización y cultura en América. Siglos XVI-XX. Cusco, Centro de Estudios Regionales Andinos “Bartolomé de las Casas”, 1994, pp. 199-228.

[4] Paniagua Pérez, Jesús: “Cofradías limeñas: San Eloy y la Misericordia (1597-1733)”. Anuario deEstudios Americanos, tomo LII, N° 1 (Sevilla, 1995), pp. 13-35.

[5] Lévano Medina, Diego Edgar: “Organización y funcionalidad de las cofradías urbanas. Lima siglo XVII”. Revista del Archivo General de la Nación, 24 (Lima, mayo 2002), pp. 77-118.

[6] Corilla Melchor, Ciro: “Cofradías en la ciudad de Lima, siglos XVI y XVII: racismo y conflictos étnicos”. En Carrillo S., Ana Cecilia (y otros): Etnicidad y discriminación racial en la historia del Perú. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú – Instituto Riva Agüero y Banco Mundial, 2002, pp. 11-34.

[7] Lohmann Villena, Guillermo: “La Ilustre Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu de Lima”. En Los vascos y América. Ideas, hechos, hombres. Madrid, Fundación Banco de Bilbao y Vizcaya, 1990, pp. 203-213.

[8] Luque Alcaide, Elisa: “Coyuntura social y cofradía. Cofradías de Aránzazu de Lima y México”. En Martínez López-Cano, María del Pilar, Gisela von Wobeser y Juan Guillermo Muñoz Correa (coordinadores): Cofradías, capellanías y obras pías en la América colonial. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998, p. 98.

[9] Celestino y Meyers, op. cit., p. 195.

[10] Lohmann Villena, op.cit., p. 203.

[11] Benjamín Gento Sanz O.F.M., en su monografía sobre la iglesia de San Francisco, hace referencia a los entierros de los miembros de la Hermandad que en esa cripta se realizaban. Gento Sanz O.F.M., Benjamín: San Francisco de Lima. Estudio Histórico y Artístico de la Iglesia y Convento de San Francisco de Lima. Lima, Imprenta Torres Aguirre S.A., 1945, p. 210.

[12] Lohmann Villena, op. cit., p. 204.

[13] Ibíd., pp. 204-205.

[14] Ibid., pp. 206-210.

[15] Luque Alcaide, op. cit., p. 98.

[16] Garland, op.cit., p. 210.

[17] Lohmann Villena, op. cit.

[18] Luque Alcaide, op. cit.

[19] Luque Alcaide, op. cit., pp. 94 y 101.

[20] Mazzeo, Cristina Ana: El comercio libre en el Perú. Las estrategias de un comerciante criollo. José Antonio de Lavalle y Cortés, Conde de Premio Real, 1777-1815. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1994, p. 230. Sobre este mismo tema, véase también Rizo-Patrón Boylan, Paul: Linaje, dote y poder. La nobleza de Lima de 1700 a 1850. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2000, pp. 37-47 y 71-78.

[21] De todos modos, no debe dejar de mencionarse la importancia que ya en el siglo XVII tuvieron los vascos en Lima, en lo relativo a la vida económica y comercial. Un buen ejemplo de ello nos lo ofrece la figura del vizcaíno Juan de la Plaza, quien en la década de 1620 fundó un banco en la capital virreinal, que seria el tercero, ya que para entonces existían los de Bernardo de Villegas y de Juan de la Cueva -célebre este último por su estrepitosa quiebra producida en 1635. Margarita Suárez refiere que se suscitaron muchas resistencias frente a la iniciativa de Plaza de fundar un banco, y que fue importante el apoyo que por escrito le dieron numerosos comerciantes afincados en Lima, muchos de los cuales eran vascos. Cfr. Suárez, Margarita: Desafíos transatlánticos. Mercaderes, banqueros y el estado en el Perú virreinal, 1600-1700. Lima, Instituto Riva-Agüero - Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo de Cultura Económica, Instituto Francés de Estudios Andinos, 2001, pp. 70-72.

[22] Flores Galindo, Alberto: Aristocracia y plebe. Lima, 1760-1830 (Estructura de clases y sociedad colonial). Lima, Mosca Azul Editores, 1984, pp. 74-76.

[23] Pacheco Vélez, César: Memoria y utopía de la vieja Lima. Lima, Universidad del Pacífico, 1985, p. 189.

[24] Lohmann Villena, Guillermo: “Los comerciantes vascos en el virreinato peruano”. En Los vascos y América. Actas de las Jornadas sobre el comercio vasco con América en el siglo XVIII, y la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas en el II Centenario de Carlos III. Bilbao, Fundación Banco de Vizcaya, 1989, p. 55.

[25] Véase Hampe Martínez, Teodoro: “Auge y caída de don Martín de Osambela, comerciante navarro en el Perú (ca. 1754-1825)”. En Revista del Archivo General de la Nación, N° 22 (Lima, 2001), pp. 273-292.

[26] Rizo-Patrón, Paul: “Vinculación parental y social de los comerciantes de Lima a fines del periodo virreinal”. En Mazzeo de Vivó, Cristina Ana: Los comerciantes limeños a fines del siglo XVIII. Capacidad y cohesión de una elite. 1750-1825. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú —Dirección Académica de Investigación, 1999, p. 20.

[27] Archivo Central de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima (en adelante ACBP) libro N° 8178, f. 15 vto.

[28] Lohmann Villena, Guillermo: Los ministros de la Audiencia de Lima en el reinado de los Borbones (1700-1821). Esquema de un estudio sobre un núcleo dirigente. Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1974, p. 110. Sobre la familia Querejazu, véase Rizo-Patrón: Linaje, dote y poder... cit., pp. 106-109.

[29] ACBP, libro N° 8179, f 190.

[30] ACBP, libro N° 8179, f. 192 vto.

[31] ACBP, libro N° 8179, f. 203 vto.

[32] ACBP, libro N° 8178, f 12.

[33] ACBP, libro N° 8178, f. 15 vto.

[34] ACBP, libro N° 8178, ff. 16, 19 y 22.

[35] Cfr. ACBP, libro N° 8180.

[36] Gento Sanz O.F.M., op.cit., p. 210.

[37] Córdova y Salinas, Diego de: Crónica Franciscana de las Provincias del Perú (Nueva edición con notas e introducción por Lino G. Canedo, O.F.M.). Washington, Academy de Historia Franciscana Americana, 1957, p. 529.

[38] ACBP, libro N° 8179, f. 188. Se especifica que de los 15,133 pesos que se debía a dichos mayordomos, 8,314 correspondían a Juan Bautista de Palacios, y 6,819 a Pedro de Ulaortua.

[39] “Libro de los hermanos que se mueren y se entierran en la bóveda de la capilla de Nuestra Señora de Aránzazu que corre desde el año de 1695”. ACBP, libro N° 8178.

[40] Cfr. Casalino Sen, Carlota: “Higiene pública y piedad ilustrada: la cultura de la muerte bajo los Borbones”. En O’Phelan Godoy, Scarlett (compiladora): El Perú en el siglo XVIII. La era borbónica. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú -Instituto Riva-Agüero, 1999, p. 326.

[41] Casalino, op. cit., pp.338, 339 y 342.

[42] ACBP, libro N° 8178, f. 23 vto.

[43] En alusión al arzobispo Las Heras y al virrey Abascal.

[44] ACBP, libro N° 8178, f. 26.

[45] ACBP, libro N° 8178, f. 26 vto.

[46] IbId.